SECCION 2 > FARMACOS
CAPITULO 7
Farmacodinamia
La farmacodinamia
es el estudio de la acción de los medicamentos en el organismo.
La mayoría de los fármacos se incorporan a la sangre una
vez administrados por vía oral, intravenosa o subcutánea,
y circulan a través del cuerpo, al tiempo que tienen una interacción
con un determinado número de dianas (órganos y tejidos).
Sin embargo, en función
de sus propiedades o de la vía de administración, un fármaco
puede actuar solamente en un área específica del cuerpo
(por ejemplo, la acción de los antiácidos se da sobre
todo en el estómago). La interacción con la diana generalmente
produce el efecto terapéutico deseado, mientras que la interacción
con otras células, tejidos u órganos puede causar efectos
secundarios (reacciones adversas a los fármacos).
Selectividad
de la acción farmacológica
Algunos fármacos
son poco selectivos, es decir que su acción se dirige a muchos
tejidos u órganos. Por ejemplo, la atropina, un fármaco
administrado para relajar los músculos del tracto gastrointestinal,
también relaja los músculos del ojo y de la tráquea,
y disminuye el sudor y la secreción mucosa de ciertas glándulas.
Otros fármacos son altamente selectivos y afectan principalmente
a un único órgano o sistema. Por ejemplo, la digital,
un fármaco que se administra a individuos con insuficiencia cardíaca,
actúa principalmente sobre el corazón para incrementar
la eficacia de los latidos. La acción de los somníferos
se dirige a ciertas células nerviosas del cerebro.
Los fármacos
antiinflamatorios no esteroideos como la aspirina y el ibuprofeno son
relativamente selectivos ya que actúan en cualquier punto donde
haya una inflamación.
¿Cómo saben los fármacos
dónde tienen que hacer efecto? La respuesta está en su
interacción con las células o con sustancias como las
enzimas.
Una correspondencia perfecta
Un receptor de la superficie de la célula
presenta una configuración que permite que una sustancia
química determinada, como un fármaco, una hormona
o un neurotransmisor, pueda unirse a él, dado que dicha
sustancia química presenta una configuración que
se ajusta perfectamente al receptor.
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Receptores
Muchos fármacos
se adhieren a las células por medio de receptores que se encuentran
en la superficie de éstas. Las células en su mayoría
tienen muchos receptores de superficie que permiten que la actividad
celular se vea influida por sustancias químicas como fármacos
u hormonas, que están localizadas fuera de la célula.
La configuración de un receptor es tan específica que
sólo le permite adherirse al fármaco con el cual encaja
perfectamente (como la llave encaja en su cerradura). A menudo se puede
explicar la selectividad de un fármaco por la selectividad de
su adherencia a los receptores. Algunos fármacos se adhieren
tan sólo a un tipo de receptor y otros son como una llave maestra
y se adhieren a varios tipos de receptores en todo el organismo.
Seguramente los receptores
no fueron creados por la naturaleza para que los fármacos se
les pudieran adherir. Sin embargo, los fármacos se aprovechan
de la función natural (fisiológica) que tienen los receptores.
Por ejemplo, hay
sustancias que se adhieren a los mismos receptores en el cerebro; es
el caso de la morfina y los analgésicos derivados, y de las endorfinas
(sustancias químicas naturales que alteran la percepción
y las reacciones sensoriales).
Los fármacos
llamados agonistas activan o estimulan los receptores, provocando una
respuesta que incrementa o disminuye la función celular.
Por ejemplo, el
fármaco agonista carbacol se adhiere a los receptores del tracto
respiratorio denominados colinérgicos, causando la contracción
de las células del músculo liso, lo cual origina broncoconstricción
(estrechamiento de las vías respiratorias).
Otro fármaco
agonista, el albuterol, se adhiere a otros receptores en el tracto respiratorio
denominados receptores adrenérgicos, causando la relajación
de las células del músculo liso y produciendo broncodilatación
(ensanchamiento de las vías respiratorias).
Los fármacos
denominados antagonistas bloquean el acceso o el enlace de los agonistas
con sus receptores. Los antagonistas se utilizan para bloquear o disminuir
la respuesta de las células a los agonistas (por lo general neurotransmisores)
que normalmente están presentes en el organismo. Es el caso del
ipratropio, antagonista del receptor colinérgico, que bloquea
el efecto broncoconstrictor de la acetilcolina, el transmisor natural
de los impulsos a través de los nervios colinérgicos.
El uso de agonistas
y el de antagonistas son métodos diferentes pero complementarios
que se utilizan en el tratamiento del asma. El albuterol, agonista del
adrenérgico, que relaja el músculo liso bronquial, puede
utilizarse junto con el ipratropio, antagonista del receptor colinérgico,
el cual bloquea el efecto broncoconstrictor de la acetilcolina.
Los betabloqueadores,
como el propranolol, son un grupo de antagonistas ampliamente utilizados.
Estos antagonistas bloquean o disminuyen la respuesta cardiovascular
que promueven las hormonas adrenalina y noradrenalina, también
denominadas hormonas del estrés. Se utilizan en el tratamiento
de la presión arterial alta, la angina de pecho y ciertas irregularidades
del ritmo cardíaco. Los antagonistas son mucho más efectivos
cuando la concentración local de un agonista es elevada. Su acción
es semejante al corte de tráfico en una carretera principal.
La retención de vehículos en hora punta como las 5 de
la tarde es mayor que a las 3 de la madrugada. De modo similar, si se
administran betabloqueadores en dosis que tengan escaso efecto sobre
la función cardíaca normal, éstos pueden proteger
el corazón contra los picos máximos y repentinos de las
hormonas del estrés.
Enzimas
Además de
los receptores propios de las células, las enzimas son también
otras dianas importantes para la acción de los fármacos.
Éstas ayudan a transportar sustancias químicas vitales,
regulan la velocidad de las reacciones químicas o realizan otras
funciones estructurales, reguladoras o de transporte. Mientras que los
fármacos dirigidos a los receptores se clasifican en agonistas
o antagonistas, los fármacos dirigidos a las enzimas se clasifican
en inhibidores o activadores (inductores).
Por ejemplo, la lovastatina
se usa en el tratamiento de los individuos con valores elevados de colesterol
en sangre. Este fármaco inhibe la enzima HMG-CoA reductasa, fundamental
para producir colesterol en el organismo.
La mayoría
de las interacciones son reversibles, bien sean entre fármacos
y receptores o entre fármacos y enzimas. Es decir que el fármaco
se desprende al cabo de cierto tiempo y el receptor o la enzima recuperan
su funcionamiento normal. Sin embargo, una interacción puede
ser irreversible si persiste el efecto del fármaco hasta que
el organismo produzca más enzimas, como sucede con el omeprazol,
un fármaco que inhibe una enzima involucrada en la secreción
del ácido del estómago.
Afinidad
y actividad intrínseca
La afinidad y la actividad
intrínseca son dos propiedades importantes para la acción
del fármaco. La afinidad es la mutua atracción o fuerza
de enlace entre un fármaco y su objetivo, ya sea un receptor
o una enzima. La actividad intrínseca es una medida de la capacidad
del fármaco para producir un efecto farmacológico al unirse
a su receptor. Los fármacos que activan los receptores (agonistas)
tienen ambas propiedades; deben adherirse con eficacia a sus receptores
(tener una afinidad) y el complejo fármaco-receptor debe ser
capaz de producir una respuesta en la diana (actividad intrínseca).
En cambio, los fármacos que bloquean los receptores (antagonistas)
se adhieren a éstos eficazmente (afinidad) pero tienen escasa
o ninguna actividad intrínseca; su función es simplemente
impedir la interacción de las moléculas agonistas con
sus receptores.
Potencia
y eficacia
La potencia se refiere
a la cantidad de fármaco (generalmente expresada en miligramos)
que se necesita para producir un efecto, como aliviar el dolor o disminuir
la presión arterial.
Por ejemplo, si 5
miligramos de fármaco B alivian el dolor con la misma eficacia
que 10 miligramos de fármaco A, entonces el fármaco B
es dos veces más potente que el fármaco A. De hecho, un
fármaco con mayor potencia no es necesariamente mejor que otro.
Cuando los médicos juzgan las cualidades relativas de los fármacos,
consideran muchos factores como el perfil de los efectos secundarios,
la toxicidad potencial, la duración del efecto y, por consiguiente,
el número de dosis diarias requeridas, y también su coste.
La eficacia se refiere
a la respuesta terapéutica potencial máxima que un fármaco
puede inducir. Por ejemplo, el diurético furosemida elimina mucha
más sal y agua a través de la orina que el diurético
clorotiazida. Por eso la furosemida tiene mayor eficacia, o efecto terapéutico,
que la clorotiazida. Al igual que la potencia, la eficacia es uno de
los factores que los médicos consideran al seleccionar el fármaco
más apropiado para un determinado paciente.
Tolerancia
La tolerancia es una
disminución de la respuesta farmacológica que se debe
a la administración repetida o prolongada de algunos fármacos.
La tolerancia ocurre cuando el organismo se adapta a la continua presencia
del fármaco. Por lo general, son dos los mecanismos responsables
de la tolerancia: 1) el metabolismo del fármaco se acelera (habitualmente
porque aumenta la actividad de las enzimas hepáticas que metabolizan
el fármaco) y 2) disminuye la cantidad de receptores o su afinidad
hacia el fármaco. El término resistencia se usa para describir
la situación en que una persona deja de responder a un antibiótico,
a un fármaco antivírico o a la quimioterapia en el tratamiento
de cáncer. Según el grado de tolerancia o resistencia
desarrollado, el médico puede aumentar la dosis o seleccionar
un fármaco alternativo.
Diseño
y desarrollo de los fármacos
Muchos de los fármacos
de uso frecuente fueron descubiertos durante ensayos experimentales
y mediante la observación en animales y seres humanos. Los nuevos
avances en el desarrollo de los medicamentos se basan, primero, en determinar
los cambios anormales, tanto bioquímicos como celulares, que
causan las enfermedades, y, segundo, en el diseño de compuestos
que puedan prevenir o corregir estas anormalidades de un modo específico.
Cuando un compuesto nuevo parece prometedor, generalmente se modifica
repetidas veces para perfeccionar su selectividad, potencia, afinidad
con el receptor y eficacia terapéutica. En el desarrollo del
fármaco también se consideran factores como la posibilidad
de absorción del compuesto a través de la pared intestinal
y el grado de estabilidad en los tejidos y líquidos del organismo.
El fármaco ideal
debe ser eficaz administrado por vía oral (dada la conveniencia
de la autoadministración), con una buena absorción a nivel
del tracto gastrointestinal y razonablemente estable en los tejidos
y líquidos del organismo, de modo que una dosis al día
sea suficiente. El fármaco debe ser altamente selectivo respecto
a su diana, con escaso o ningún efecto sobre otros sistemas del
organismo (con un mínimo o ningún efecto secundario).
Por otra parte, el fármaco debe tener una elevada potencia y
un alto grado de eficacia terapéutica, con el fin de que sea
efectivo a dosis bajas, incluso en aquellas enfermedades difíciles
de tratar.
No existe ningún
fármaco que sea totalmente eficaz ni completamente seguro. Por
esta razón, los médicos calculan los beneficios y los
riesgos potenciales en cada situación terapéutica que
requiera tratamiento con fármacos de prescripción. Sin
embargo, a veces algunas enfermedades son tratadas sin la supervisión
de un médico. Por ejemplo, algunas personas toman fármacos
de venta sin receta para tratar dolores leves, insomnio, tos y resfriados.
En estos casos, se debe leer la información adjunta en el prospecto
del fármaco y seguir las instrucciones de uso.