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TRASTORNOS DEL APARATO RESPIRATORIO
CAPITULO 34
Embolia pulmonar
Un émbolo es, por
lo general, un coágulo sanguíneo (trombo), pero puede
también ser émbolos grasos, de líquido amniótico,
de médula ósea, un fragmento de tumor o una burbuja de
aire que se desplaza a través del flujo sanguíneo hasta
obstruir un vaso sanguíneo. La embolia pulmonar es la obstrucción
repentina de una arteria pulmonar causada por un émbolo.
En general, las arterias no obstruidas pueden enviar
suficiente sangre a la zona afectada del pulmón para impedir
la muerte del tejido. Sin embargo, en caso de obstrucción de
los grandes vasos sanguíneos o cuando se padece una enfermedad
pulmonar preexistente, puede ser insuficiente el volumen de sangre aportado
para evitar la muerte del tejido, lo que puede ocurrir en el 10 por
ciento de las personas con embolia pulmonar; es la situación
conocida como infarto pulmonar.
El daño se reduce al mínimo cuando
el organismo deshace rápidamente los pequeños coágulos.
Los grandes tardan más tiempo en desintegrarse y por tanto la
lesión será mayor. De ahí que los coágulos
grandes puedan causar
muerte
súbita.
Causas
El tipo más frecuente de émbolo
pulmonar es un trombo que se ha formado habitualmente en una vena de
la pierna o de la pelvis. Los coágulos tienden a formarse cuando
la sangre circula lentamente o no circula en absoluto. Esto puede ocurrir
en las venas de las piernas de alguien que permanece en la misma posición
durante mucho tiempo, pudiendo desprenderse el coágulo cuando
la persona empieza a moverse de nuevo. Es menos frecuente que los coágulos
comiencen en las venas de los brazos o en el lado derecho del corazón.
Sin embargo, una vez que el coágulo formado en una vena se libera
y pasa al flujo sanguíneo, es habitual que se desplace hacia
los pulmones.
Cuando se fractura un hueso, se pueden formar otro
tipo de émbolos a partir de la grasa que escapa de la médula
ósea y que pasa a la sangre. También puede formarse un
émbolo de líquido amniótico durante el parto. Sin
embargo, los émbolos grasos y los de líquido amniótico
son formas más raras de embolia y, en caso de producirse, se
alojan en los pequeños vasos como las arteriolas y los capilares
del pulmón. Cuando se obstruyen muchos de estos vasos, puede
producirse el síndrome de distrés respiratorio del adulto.
Síntomas
Es posible que los pequeños émbolos
no causen síntomas, pero la mayoría provoca ahogo. Éste
puede ser el único síntoma, especialmente cuando no se
produce el infarto. Con frecuencia, la respiración es muy rápida;
la ansiedad y la agitación pueden ser pronunciadas y el afectado
puede manifestar los síntomas de un ataque de ansiedad. Puede
aparecer un dolor torácico agudo, especialmente cuando la persona
respira profundamente; este tipo de dolor se llama dolor torácico
pleurítico.
Los primeros síntomas en algunas personas
pueden ser mareos, desvanecimiento o convulsiones. Generalmente estos
síntomas son el resultado, por un lado, de una disminución
brusca de la capacidad del corazón para aportar suficiente sangre
oxigenada al cerebro y demás órganos y, por otro, de un
ritmo cardíaco irregular. Las personas con oclusión de
uno o más de los grandes vasos pulmonares, pueden tener la piel
de color azulada (cianosis) y fallecer de repente.
El infarto pulmonar produce tos, esputo teñido
de sangre, dolor torácico agudo al respirar y fiebre. Por lo
general los síntomas de embolia pulmonar se desarrollan de forma
repentina, mientras que los síntomas de infarto pulmonar se producen
en el curso de horas. Con frecuencia los síntomas del infarto
duran varios días, pero habitualmente disminuyen de forma progresiva.
En las personas con episodios recurrentes de pequeños
émbolos pulmonares, los síntomas como ahogo crónico,
hinchazón de los tobillos o de las piernas y debilidad, tienden
a desarrollarse de forma progresiva a lo largo de semanas, meses o años.
Diagnóstico
El médico puede sospechar la existencia
de embolia pulmonar basándose en los síntomas y en los
factores de predisposición de una persona. Sin embargo, con frecuencia
se necesitan ciertos procedimientos para poder confirmar el diagnóstico.
Una radiografía de tórax puede revelar
leves alteraciones en las estructuras de los vasos sanguíneos
tras la embolia y algunas señales de infarto pulmonar. Sin embargo,
las radiografías de tórax son frecuentemente normales
e incluso, cuando no lo son, es raro que confirmen la embolia pulmonar.
Un electrocardiograma puede mostrar alteraciones,
pero a menudo éstas son transitorias y tan sólo apoyan
la posibilidad de una embolia pulmonar.
Con frecuencia se realiza una prueba de perfusión
(gammagrafía). Para ello se inyecta en una vena una sustancia
radiactiva que pasa a los pulmones, donde se observa el aporte de sangre
al pulmón (perfusión). En la imagen aparecen como oscuras
las áreas que no reciben un suministro normal porque no les llega
ninguna partícula radiactiva. Los resultados normales de la exploración
indican que la persona no padece una obstrucción significativa
del vaso sanguíneo, pero los resultados anormales pueden también
deberse a causas ajenas a la embolia pulmonar.
Generalmente, la gammagrafía de perfusión
se asocia a la gammagrafía de ventilación pulmonar. La
persona inhala un gas inocuo que contiene una huella de material radiactivo
que se distribuye uniformemente por los pequeños sacos de aire
de los pulmones (alvéolos). En las imágenes aparecen las
áreas donde se intercambia el oxígeno. El médico
puede generalmente determinar si la persona tiene una embolia pulmonar,
comparando este resultado con el modelo obtenido en la prueba de perfusión
(que indica el aporte de sangre). Una zona con embolia muestra una ventilación
normal pero una perfusión disminuida.
La arteriografía pulmonar es el método
más preciso para diagnosticar una embolia pulmonar, pero conlleva
algún riesgo y es más incómoda que otras pruebas.
Consiste en inyectar en la arteria una sustancia de contraste (visible
en la radiografía) que fluye hasta las arterias del pulmón.
La embolia pulmonar aparece en la radiografía como una obstrucción
arterial.
Pueden realizarse pruebas complementarias para averiguar
el origen del émbolo.
Pronóstico
Las probabilidades de fallecer a causa de
embolia pulmonar dependen del tamaño del émbolo, del tamaño
y número de las arterias pulmonares obstruidas y del estado de
salud del paciente. El riesgo de embolia es mayor en personas con trastornos
cardíacos o pulmonares graves. Generalmente, sobreviven las personas
con una función cardíaca y pulmonar normales, a menos
que el émbolo obstruya la mitad o más de los vasos pulmonares.
La embolia pulmonar grave causa la muerte en el plazo de una o dos horas.
Aproximadamente el 50 por ciento de las personas
con embolia pulmonar no tratada pueden tener otra en el futuro. Hasta
la mitad de estas recidivas puede ser mortal. El tratamiento con fármacos
que inhiben la coagulación (anticoagulantes) puede reducir la
frecuencia de las recidivas en uno de cada 20 casos.
Prevención
Se utilizan varios medios para impedir la
formación de coágulos en las venas de las personas con
riesgo de embolia pulmonar. Para los pacientes en período postoperatorio,
especialmente si son mayores, se recomienda el uso de medias elásticas,
ejercicios para las piernas, dejar la cama y reanudar la actividad lo
antes posible.
De esta manera disminuye el riesgo de formación
de coágulos. Las medias de compresión para las piernas,
diseñadas para activar la circulación de la sangre reducen
la formación de coágulos en la pantorrilla y, por consiguiente,
disminuyen la frecuencia de embolia pulmonar.
La heparina (un anticoagulante) es el tratamiento
más ampliamente utilizado, después de la cirugía,
para disminuir las probabilidades de formación de los coágulos
en las venas de la pantorrilla.
Se inyecta a dosis baja debajo de la piel inmediatamente
antes de la intervención y durante los 7 días siguientes.
La heparina puede causar hemorragias y retrasar la curación,
de ahí que su administración se reserve a pacientes con
alto riesgo de desarrollar coágulos y a los que padecen insuficiencia
cardíaca, shock o una enfermedad pulmonar crónica.
Suele tratarse de personas obesas con antecedentes
de coágulos. La heparina no se utiliza en las operaciones relacionadas
con la columna vertebral o el cerebro, dado que es muy elevado el riesgo
de hemorragias en estas zonas.
Se puede administrar dosis bajas de heparina a personas
hospitalizadas con alto riesgo de desarrollar embolia pulmonar, aun
cuando no se sometan a cirugía.
El dextrano, que se administra por vía intravenosa,
también ayuda a prevenir los coágulos pero, al igual que
la heparina, puede causar hemorragias.
La warfarina puede administrarse por vía
oral en caso de ciertas intrevenciones quirúrgicas particularmente
propensas a causar coágulos, como la reparación de la
fractura de cadera o la sustitución de esta articulación.
La terapia con warfarina puede prolongarse durante varias semanas o
meses.
Tratamiento
Se inicia el tratamiento de embolia pulmonar
con la administración de oxígeno y, si fuera necesario,
de analgésicos. Los anticoagulantes como la heparina se administran
para evitar el agrandamiento de los coágulos sanguíneos
existentes y para prevenir la formación de nuevos coágulos.
La heparina se administra por vía intravenosa para obtener un
efecto rápido, debiéndose regular cuidadosamente la dosis.
A continuación se administra la warfarina, que también
inhibe la coagulación pero necesita más tiempo para actuar.
Dado que la warfarina puede tomarse por vía
oral, es el fármaco aconsejable para un uso prolongado. La heparina
y la warfarina se suministran conjuntamente durante 5 a 7 días,
hasta que los análisis de sangre demuestran que la warfarina
ya previene los coágulos en modo efectivo.
La duración del tratamiento anticoagulante
depende de la situación del paciente. Cuando la embolia pulmonar
es consecuencia de un factor de predisposición temporal, como
la cirugía, el tratamiento se mantiene durante 2 o 3 meses. Si
la causa es un proceso de larga duración, el tratamiento por
lo general se continúa durante 3 o 6 meses, pero algunas veces
se debe proseguir durante un tiempo indefinido. El paciente debe hacerse
análisis de sangre periódicos mientras dure la terapia
con warfarina para determinar si la dosis debe modificarse.
Existen dos formas de tratamiento que pueden ser
útiles en personas cuya vida peligre por causa de la embolia
pulmonar: la terapia trombolítica y la cirugía.
Los fármacos trombolíticos (sustancias
que disuelven el coágulo) como la estreptocinasa, la urocinasa
o el activador tisular del plasminógeno, pueden ser eficaces.
Sin embargo, estos fármacos no se pueden utilizar en personas
que hayan sido operadas en los diez días precedentes, en embarazadas
o en personas que hayan sufrido un ictus reciente ni en las propensas
a hemorragias excesivas. Se puede recurrir a la cirugía para
salvar la vida de una persona con embolia grave. La embolectomía
pulmonar (extracción del émbolo de la arteria pulmonar)
puede evitar un desenlace mortal.
Cuando los émbolos se repiten a pesar de
todos los tratamientos de prevención o si los anticoagulantes
causan hemorragias significativas, se puede colocar, mediante cirugía,
un filtro a nivel de la vena cava que recoge la circulación de
la parte inferior del cuerpo (incluidas las piernas y la pelvis) y que
desemboca en el lado derecho del corazón. Los coágulos
generalmente se originan en las piernas o en la pelvis y este filtro
impide que lleguen a la arteria pulmonar.