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TRASTORNOS MENTALES
CAPITULO 83
Ansiedad
Todo el mundo experimenta miedo y ansiedad.
El miedo es una respuesta emocional, fisiológica y del comportamiento,
ante el reconocimiento de una amenaza externa (por ejemplo un intruso
o un vehículo sin control). La ansiedad es un estado emocional
desagradable que tiene una causa menos clara y a menudo se acompaña
de cambios fisiológicos y del comportamiento similares a los
causados por el miedo. A causa de estas similitudes, a veces se usan
los términos ansiedad y miedo de forma indistinta.
La ansiedad es una respuesta al estrés, como
la interrupción de una relación importante o verse expuesto
a una situación de desastre con peligro vital. Una teoría
sostiene que la ansiedad puede también ser una reacción
a unos impulsos reprimidos, agresivos o sexuales, que amenazan con desbordar
las defensas psicológicas que normalmente los mantienen bajo
control. Por lo tanto, la ansiedad indica la presencia de un conflicto
psicológico.
La ansiedad puede aparecer súbitamente, como
el pánico, o gradualmente a lo largo de minutos, horas o días.
La duración de la ansiedad puede ser muy variable, desde unos
pocos segundos hasta varios años. Su intensidad puede ir desde
una angustia apenas perceptible hasta un pánico establecido.
Cómo afecta la depresión
a la forma de actuar
Se puede representar en una curva la influencia
de la ansiedad sobre la forma de actuar. Conforme se incrementa
el nivel de ansiedad, aumenta de forma proporcional la eficiencia
de las actuaciones, pero sólo hasta cierto punto. Cuando
la ansiedad supera este punto, la eficiencia de las actuaciones
disminuye. Antes de alcanzar el pico de la curva, la ansiedad
es un medio adaptativo, porque ayuda a la gente a prepararse
para una crisis y mejorar sus cometidos. Más allá
del pico de la curva, la ansiedad es maladaptativa y provoca
sufrimiento y disfunción.
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La ansiedad actúa como un elemento dentro
de un amplio rango de respuestas de acomodo que son esenciales para
la supervivencia en un mundo peligroso. Un cierto grado de ansiedad
proporciona un componente adecuado de precaución en situaciones
potencialmente peligrosas. En la mayoría de los casos, el nivel
de ansiedad de una persona experimenta cambios apropiados e imperceptibles
a lo largo de un espectro de estados de consciencia desde el sueño
hasta la vigilia, pasando por la ansiedad y el miedo y así sucesivamente.
En algunas ocasiones, sin embargo, el sistema de respuesta a la ansiedad
funciona incorrectamente o es desbordado por los acontecimientos; en
este caso puede presentarse un trastorno por ansiedad.
La gente reacciona de forma diferente ante los acontecimientos.
Por ejemplo, a algunas personas les encanta hablar en público
mientras que a otras les da pavor hacerlo. La capacidad de soportar
la ansiedad varía según las personas y puede ser difícil
determinar cuándo se trata de una ansiedad anormal. Sin embargo,
cuando la ansiedad se presenta en momentos inadecuados o es tan intensa
y duradera que interfiere con las actividades normales de la persona,
entonces se la considera como un trastorno. La ansiedad puede ser tan
estresante e interferir tanto con la vida de una persona que puede conducir
a la depresión. Algunas personas tienen un trastorno por ansiedad
y una depresión al mismo tiempo. Otras desarrollan primero una
depresión y luego un trastorno por ansiedad.
Los trastornos por ansiedad son el trastorno psiquiátrico
más frecuente. El diagnóstico de un trastorno por ansiedad
se basa fundamentalmente en sus síntomas. Sin embargo, los síntomas
de ciertas enfermedades (por ejemplo, una glándula tiroides hiperactiva)
o por el uso de fármacos recetados por el médico (corticosteroides)
o el abuso de drogas (cocaína) pueden ser idénticos a
los síntomas de ansiedad. Una historia familiar de ansiedad puede
ayudar al médico a establecer el diagnóstico, ya que tanto
la predisposición a una ansiedad específica como la predisposición
general a la ansiedad tienen a menudo carácter hereditario.
Es importante realizar un diagnóstico correcto,
debido a que los tratamientos difieren de un tipo de ansiedad a otro.
Según el tipo, la terapia del comportamiento, los fármacos
o la psicoterapia, solos o en combinaciones apropiadas, pueden aliviar
significativamente el sufrimiento y la disfunción de la mayor
parte de los pacientes.
Ansiedad generalizada
La ansiedad generalizada consiste en una preocupación
y una ansiedad excesivas y casi diarias (con duración mayor o
igual a 6 meses) acerca de una variedad de actividades y acontecimientos.
La ansiedad y la preocupación de la ansiedad
generalizada son tan extremas que son difíciles de controlar.
Además, la persona experimenta tres o más de los siguientes
síntomas: inquietud, cansancio fácil, dificultad para
concentrarse, irritabilidad, tensión muscular y alteración
del sueño. Las preocupaciones son algo natural; entre las más
frecuentes se encuentran las de las responsabilidades en el trabajo,
el dinero, la salud, la seguridad, las reparaciones del vehículo
y las labores cotidianas. La intensidad, frecuencia o duración
de las preocupaciones son desproporcionadamente más grandes que
las requeridas por la situación.
La ansiedad generalizada es frecuente: aproximadamente
del 3 al 5 por ciento de los adultos la presenta en algún momento
durante el año. Las mujeres tienen el doble de probabilidades
de presentarla. Frecuentemente comienza en la niñez o en la adolescencia,
pero se puede presentar a cualquier edad. Para la mayor parte de la
gente, esta condición es fluctuante, empeorando en determinados
momentos (sobre todo en épocas de estrés) y persiste a
lo largo de muchos años.
Tratamiento
Los fármacos son el tratamiento de elección
para la ansiedad generalizada. Habitualmente se prescriben fármacos
ansiolíticos como las benzodiacepinas; sin embargo, debido a
que el uso de benzodiacepinas a largo plazo puede crear dependencia,
si se decide su interrupción, debe reducirse escalonadamente
y no de forma brusca. El alivio que proporcionan las benzodiacepinas
compensa generalmente algunos ligeros efectos secundarios.
La buspirona es otro fármaco eficaz para
muchas personas con ansiedad generalizada. Su uso parece no acarrear
dependencia física. Sin embargo, la buspirona puede tardar dos
semanas o más en hacer efecto, en contraste con las benzodiacepinas,
que comienzan a actuar en el plazo de unos minutos.
La terapia de comportamiento no suele ser generalmente
beneficiosa porque no existen claras situaciones que desencadenen la
ansiedad. Las técnicas de relajación y de biorretroacción
pueden ayudar.
La ansiedad generalizada puede estar asociada con
conflictos psicológicos subyacentes. Estos conflictos están
frecuentemente relacionados con inseguridades y actitudes autocríticas
que son autodestructivas. Para algunas personas, la psicoterapia puede
ser eficaz para ayudar a comprender y a resolver conflictos psicológicos
internos.

Ansiedad inducida por fármacos o problemas
médicos
La ansiedad puede ser el resultado de un trastorno
médico o del uso de una droga. Ejemplos de problemas médicos
que pueden causar ansiedad incluyen los trastornos neurológicos
como una lesión en la cabeza, una infección en el cerebro
y una enfermedad del oído interno, trastornos cardiovasculares
como la insuficiencia cardíaca y las arritmias, trastornos endocrinos
como una hiperfunción de las glándulas suprarrenales o
del tiroides y trastornos respiratorios como el asma y la enfermedad
pulmonar obstructiva crónica. Las drogas que pueden inducir ansiedad
incluyen el alcohol, estimulantes, cafeína, cocaína así
como muchos fármacos prescritos. También se puede producir
ansiedad cuando se interrumpe un fármaco.
La ansiedad debe disminuir cuando se trata la enfermedad
somática o cuando ha pasado tiempo suficiente desde la interrupción
del fármaco para que hayan desaparecido los efectos de su supresión.
Cualquier grado de ansiedad remanente puede ser tratado con fármacos
ansiolíticos adecuados, terapia de comportamiento o psicoterapia.
Ataques de pánico y pánico patológico
El pánico es una ansiedad aguda y extrema
que se acompaña de síntomas fisiológicos.
Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier
tipo de ansiedad, generalmente en respuesta a una situación específica
relacionada con las principales características de la ansiedad.
Por ejemplo, una persona con fobia a las serpientes puede sufrir pánico
cuando se encuentra con una de ellas. Sin embargo, estas situaciones
de pánico difieren de las que son espontáneas, no provocadas
y que son las que definen el problema como un pánico patológico.
Los ataques de pánico son frecuentes: más
de un tercio de los adultos los presentan cada año. Las mujeres
son de dos a tres veces más propensas. El trastorno por pánico
es poco corriente y se diagnostica en algo menos del 1% de la población.
El pánico patológico generalmente comienza en la adolescencia
tardía o temprano en la edad adulta.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas de un ataque de pánico
(entre otros, dificultad respiratoria, vértigos, aumento del
ritmo cardíaco, sudación, ahogo y dolor en el pecho) alcanzan
su intensidad máxima en el plazo de 10 minutos y normalmente
se disipan dentro de pocos minutos, no pudiendo por ello observarlos
el médico, sino tan sólo el miedo de la persona a sufrir
otro terrible ataque. Como los ataques de pánico se producen
frecuentemente de modo inesperado o sin razón aparente, con frecuencia
las personas que los presentan se preocupan con anticipación
por la posibilidad de sufrirlos de nuevo (una situación conocida
como ansiedad anticipatoria) y evitan lugares donde han sufrido ataques
anteriormente. El hecho de evitar los lugares que se temen se denomina
agorafobia. Si la agorafobia es lo suficientemente intensa, la persona
puede llegar a enclaustrarse en su propio domicilio.
Como los síntomas de un ataque de pánico
implican a muchos órganos vitales, las personas a menudo se preocupan
pensando que padecen un problema del corazón, de los pulmones
o del cerebro y buscan la ayuda de algún médico o se dirigen
a un servicio de urgencias. Aunque los ataques de pánico son
incómodos (a veces de forma extrema), no son peligrosos.
Tratamiento
En general, las personas se recuperan de los ataques
de pánico sin tratamiento; algunas desarrollan un pánico
patológico. La recuperación sin tratamiento es posible
en aquellos que tienen ataques de pánico, o de ansiedad anticipatoria,
recurrentes, particularmente si están repetidamente expuestos
a la situación o a estímulo que los provocan. Las personas
que no se recuperan por sí mismas o que no buscan tratamiento
continúan padeciendo los procesos de sufrimiento y recuperación
de cada uno de los ataques de manera indefinida.
Las personas responden mejor al tratamiento cuando
comprenden que el pánico patológico implica procesos tanto
biológicos como psicológicos. Los fármacos y la
terapia del comportamiento pueden controlar generalmente la sintomatología.
Además, la psicoterapia puede ayudar a resolver cualquier conflicto
psicológico subyacente a los sentimientos y comportamientos ansiosos.
Los fármacos utilizados para tratar el trastorno
por pánico incluyen los antidepresivos y los fármacos
ansiolíticos como las benzodiacepinas. Todos los tipos de antidepresivos
tricíclicos (como la imipramina), los inhibidores de la monoaminooxidasa
(como la fenelzina) y los inhibidores selectivos de la recaptación
de serotonina (como la fluoxetina) han demostrado ser eficaces. Aunque
se ha probado la eficacia de varias benzodiacepinas en ensayos controlados,
solamente el alprazolam está específicamente aprobado
para tratar el trastorno por pánico. Las benzodiacepinas actúan
más rápido que los antidepresivos pero pueden causar dependencia
física y son más propensas a producir ciertos efectos
secundarios como somnolencia, alteraciones de la coordinación
y aumento del tiempo de reacción.
Cuando un fármaco es eficaz, previene o reduce
en gran medida el número de ataques de pánico. Un fármaco
puede tener que tomarse durante largos períodos si los ataques
de pánico reaparecen una vez que se interrumpe el tratamiento.
La terapia de exposición, un tipo de terapia
de comportamiento en la cual la persona es expuesta repetidamente al
factor que desencadena el ataque de pánico, a menudo ayuda a
disminuir el temor. La terapia de exposición se continúa
hasta que la persona desarrolla un alto grado de comodidad ante la situación
que provocaba la ansiedad. Además, la gente temerosa de sufrir
un desmayo durante un ataque de pánico puede practicar un ejercicio
consistente en girar en una silla o respirar rápidamente (hiperventilar)
hasta que sienten que van a desmayarse. Este ejercicio les demuestra
que no se van a desmayar durante el ataque de pánico. Practicando
despacio, las respiraciones profundas (control respiratorio) ayudan
a muchas personas con tendencia a hiperventilar.
La psicoterapia con el objetivo de conocer y comprender
mejor los conflictos psicológicos subyacentes puede resultar
también de utilidad. Un psiquiatra asesora a la persona para
determinar si este tipo de tratamiento es adecuado. De forma menos intensa,
la psicoterapia de apoyo es siempre apropiada porque un terapeuta puede
proporcionar información general acerca del trastorno, su tratamiento
y las esperanzas reales de mejoría, y por el apoyo que aporta
una relación de confianza con el médico.
Fobias
Las fobias implican una ansiedad persistente, irrealista
e intensa en respuesta a situaciones externas específicas como
mirar hacia abajo desde las alturas o acercarse a un perro pequeño.
La gente que tiene una fobia evita situaciones que
desencadenan su ansiedad o las soporta con gran sufrimiento. Sin embargo,
reconocen que su ansiedad es excesiva y por ello son conscientes de
tener un problema.
Agorafobia
Aunque agorafobia significa literalmente temor a
las áreas del mercado o a los espacios abiertos, el término
describe más específicamente el miedo a quedar atrapado
sin una manera práctica y sencilla de escapar en caso de un ataque
de ansiedad. Las situaciones típicas que son difíciles
para una persona con agorafobia incluyen la espera en la cola en un
banco o en el supermercado, sentarse en la mitad de una larga fila de
asientos en el teatro o en clase y viajar en autobús o en avión.
Algunas personas desarrollan agorafobia después de presentar
un ataque de pánico en una de estas situaciones. Otras personas
pueden sentirse simplemente incómodas en estas situaciones y
no desarrollar nunca, o sólo tardíamente, ataques de pánico.
La agorafobia a menudo interfiere con la vida diaria, en ocasiones de
forma tan intensa que deja a la persona recluida en su domicilio.
Un 3,8 por ciento de las mujeres y un 1,8 por ciento
de los varones presenta una agorafobia en un período de 6 meses.
El trastorno comienza con más frecuencia temprano en la segunda
década de la vida; es raro que se inicie más allá
de los 40 años.
Tratamiento
El mejor tratamiento para la agorafobia es la terapia
de exposición, un tipo de terapia del comportamiento. Con la
ayuda de un terapeuta, la persona busca, confronta y permanece en contacto
con lo que causa sus temores hasta que su ansiedad es poco a poco aliviada
por la familiaridad que adquiere con la situación (un proceso
llamado habituación). La terapia de exposición ayuda a
más del 90 por ciento de las personas que la practica adecuadamente.
Si la agorafobia no se trata, generalmente fluctúa
en intensidad y puede incluso desaparecer sin un tratamiento formal,
posiblemente porque la persona ha llevado a cabo algún tipo personal
de terapia de comportamiento.
Las personas con agorafobia que están profundamente
deprimidas pueden necesitar tomar un antidepresivo. Las sustancias que
deprimen el sistema nervioso central, como el alcohol o grandes dosis
de fármacos ansiolíticos, pueden interferir en la terapia
del comportamiento y antes de comenzar la terapia se interrumpen de
modo gradual.
Al igual que en el trastorno por pánico,
la ansiedad en algunas personas que padecen agorafobia puede tener sus
raíces en conflictos psicológicos subyacentes. En estos
casos, la psicoterapia (en la cual la persona adquiere un mejor conocimiento
de los conflictos subyacentes) puede ser útil.
Fobias específicas
Las fobias específicas son los episodios
de ansiedad más frecuentes. Alrededor del 7 por ciento de las
mujeres y el 4,3 por ciento de los varones tiene una fobia específica
en un período de 6 meses.
Algunas fobias específicas, como el temor
a los animales grandes, a la oscuridad o a los extraños comienzan
temprano en la niñez. Muchas fobias desaparecen con el tiempo.
Otras fobias como el miedo a los roedores, a los insectos, al agua,
a las alturas o los sitios cerrados, se desarrollan característicamente
más tarde. El 5 por ciento de las personas, por lo menos, tiene
un cierto grado de fobia a la sangre, las inyecciones o las heridas
y puede incluso desmayarse, lo que no sucede con otras fobias ni otros
tipos de ansiedad. Por el contrario, muchas personas con trastornos
por ansiedad, hiperventilan, lo que les puede provocar sensaciones de
desmayo, aunque en realidad no llegan a desmayarse.
Tratamiento
Frecuentemente, una persona logra vivir con una
fobia específica, simplemente evitando la situación o
el objeto que le produce temor. Por ejemplo, un habitante de la ciudad
temeroso de las serpientes puede que no tenga ningún problema
en evitarlas. Sin embargo, los habitantes de las ciudades a quienes
asustan los espacios pequeños y cerrados como los ascensores
tendrán problemas para trabajar en un piso alto.
La terapia de exposición, un tipo de terapia
del comportamiento en la cual se expone a la persona de modo gradual
ante la situación o el objeto temidos, es el mejor tratamiento
para una fobia específica. Un terapeuta puede ayudar a la correcta
realización de la terapia, aunque ésta puede ser realizada
sin su ayuda. Incluso las personas con fobia a la sangre o a las agujas
responden bien a la terapia de exposición. Por ejemplo, a una
persona que se desmaya cuando le sacan sangre se le puede colocar una
aguja en posición cercana a una vena y retirarla cuando el ritmo
cardíaco comienza a disminuir. La repetición de este proceso
permite la normalización del ritmo cardíaco. Al final,
esta persona puede hacerse sacar sangre sin desmayarse.
Los fármacos no son muy útiles para
ayudar a superar las fobias. Sin embargo, las benzodiacepinas (fármacos
ansiolíticos) pueden proporcionar un control a corto plazo, como
por ejemplo en el miedo a viajar en avión.
La psicoterapia con el objetivo de comprender los
conflictos internos de la persona puede ser útil para identificar
y tratar los conflictos que subyacen bajo una fobia específica.
Fobia social
La aptitud de una persona para relacionarse de un
modo afable con otras afecta a muchos aspectos de la vida, incluyendo
las relaciones familiares, la educación, el trabajo, el tiempo
libre, las relaciones sociales y la vida de pareja. Aunque es normal
tener algún grado de ansiedad en las situaciones sociales, las
personas con fobia social tienen tanta ansiedad que tratan de evitarlas
o bien las soportan con gran sufrimiento. Investigaciones recientes
sugieren que alrededor de un 13 por ciento de la gente sufre una fobia
social en algún momento de su vida.
Entre las situaciones que habitualmente desencadenan
ansiedad entre la gente con fobia social se incluye hablar en público,
actuar en público (como actuar en una obra o tocar un instrumento
musical), comer con otros, firmar un documento ante testigos y usar
un servicio público. A las personas con fobia social les preocupa
que sus actuaciones o sus acciones sean inadecuadas. A menudo les preocupa
que su ansiedad pueda ser percibida (porque transpiren, se enrojezcan,
vomiten, tiemblen o que su voz se note temblorosa), que pierdan el hilo
de su pensamiento o que no sean capaces de encontrar las palabras para
expresarse.
Un tipo más general de fobia social es la
que se caracteriza por presentar ansiedad en casi todas las situaciones
sociales. Las personas con una fobia social generalizada están
a menudo preocupadas temiendo que si sus actuaciones no cumplen las
expectativas, se sentirán humilladas y avergonzadas.
Algunos individuos son tímidos por naturaleza
y muestran esa timidez desde temprano, lo que más tarde se convierte
en una fobia social. Otros experimentan por vez primera durante la pubertad
su ansiedad en situaciones sociales. Si no se trata, la fobia social
a menudo persiste, haciendo que mucha gente evite actividades en las
que les gustaría participar.
Tratamiento
La terapia de exposición, un tipo de terapia
del comportamiento, funciona bien para la fobia social, pero puede no
conseguirse fácilmente una exposición lo suficientemente
duradera que permita la habituación. Por ejemplo, una persona
temerosa de hablar delante de su jefe puede que no sea capaz de conseguir
un número de sesiones de conversación con él. Las
situaciones de sustitución pueden ayudar, como las que se preparan
en ciertas organizaciones creadas para quienes presentan ansiedad al
hablar delante de una audiencia o leyendo un libro a los habitantes
de una residencia para gente mayor. Las sesiones de sustitución
pueden o no reducir la ansiedad durante las conversaciones con el jefe.
Los antidepresivos, como la sertralina y la fenelcina,
y los fármacos ansiolíticos, como el clonazepam, pueden
a menudo ser de utilidad para la gente con fobia social. Muchas personas
utilizan el alcohol para facilitar las relaciones sociales; en algunos
casos, sin embargo, ello puede llevar al abuso y dependencia del alcohol.
La psicoterapia, que implica mantener conversaciones
con un terapeuta, puede ser particularmente beneficiosa para la gente
capaz de examinar su propio comportamiento y hacer cambios en su forma
de pensar y de reaccionar ante las situaciones.
Obsesión compulsiva
La obsesión compulsiva se caracteriza por
la presencia de ideas, imágenes o impulsos recurrentes, no deseados,
invasores, que parecen sin sentido, extraños, indecentes o aterradores
(obsesiones) y a la vez una urgencia o una compulsión a hacer
algo que libere de la incomodidad causada por la obsesión.
Los temas obsesivos omnipresentes son el daño,
el riesgo o el peligro. Entre las obsesiones más frecuentes están
las preocupaciones por la contaminación, la duda, la pérdida
y la agresividad. Característicamente, la gente con un trastorno
obsesivo-compulsivo se siente impulsada a realizar rituales (actos repetitivos,
con un propósito, intencionales). Los rituales utilizados para
controlar una obsesión incluyen lavarse o limpiarse para quitarse
la contaminación, comprobaciones repetitivas para suprimir las
dudas, guardar las cosas para que no se pierdan y evitar a las personas
que pudieran ser objeto de agresión. En general los rituales
consisten en el excesivo lavado de manos o en la comprobación
repetitiva para asegurarse de haber cerrado la puerta. Otros rituales
son mentales, como el cálculo repetitivo o hacer afirmaciones
para disminuir el peligro. La obsesión compulsiva es diferente
de la personalidad obsesivo-compulsiva.
La gente puede tener una obsesión hacia cualquier
cosa y sus rituales no están siempre conectados de forma lógica
a la incomodidad que se trata de aliviar. Por ejemplo, una persona que
está preocupada por la contaminación puede haber sentido
alivio una vez al haber metido por casualidad su mano en el bolsillo.
A partir de ese momento, cada vez que le surge una obsesión relacionada
con la contaminación, introduce repetidamente su mano en el bolsillo.
En general, las personas con trastornos obsesivo-compulsivos
son conscientes de que sus obsesiones no reflejan riesgos reales. Reconocen
que su comportamiento físico y mental es excesivo hasta el punto
de llegar a ser insólito. De allí la diferencia entre
la obsesión compulsiva y los trastornos psicóticos, en
los cuales la gente pierde contacto con la realidad.
La obsesión compulsiva afecta a cerca del
2,3 por ciento de los adultos y sucede con aproximadamente igual frecuencia
en mujeres que en varones. Como las personas afectadas por este trastorno
temen la vergüenza de ser descubiertas, a menudo realizan sus rituales
de modo secreto, aun si éstos les llevan varias horas cada día.
Cerca de un tercio de las personas con una obsesión compulsiva
se encuentra en estado depresivo cuando se diagnostica el trastorno.
En conjunto, dos tercios sufren depresión en algún momento.
Tratamiento
La terapia de exposición, un tipo de terapia
del comportamiento, a menudo ayuda a la gente con una obsesión
compulsiva. En este tipo de terapia, la persona es expuesta a las situaciones
o a las personas que desencadenan las obsesiones, los rituales o la
incomodidad. La incomodidad de la persona o su ansiedad disminuirán
de modo gradual si se controla para no realizar el ritual durante exposiciones
repetidas al estímulo que lo provoca. De este modo, la persona
aprende que no necesita el ritual para quitarse dicha incomodidad. La
mejoría generalmente persiste durante años, probablemente
porque aquellos que han conseguido aprender a utilizar este protocolo
de autoayuda, continúan practicándolo sin demasiado esfuerzo
como una forma de vida después de haber concluido el tratamiento.
Los fármacos pueden también ayudar
a muchas de estas personas. Tres fármacos (clomipramina, fluoxetina
y fluvoxamina) han sido aprobados específicamente para este uso
y dos más (paroxetina y sertralina) también han demostrado
ser eficaces. Se usan algunos otros fármacos antidepresivos pero
con menor frecuencia.
La psicoterapia, con el objetivo de conocer y comprender
mejor los conflictos internos, generalmente no ha resultado de utilidad
para las personas con obsesión compulsiva. Normalmente, el mejor
tratamiento es una combinación de fármacos y de terapia
del comportamiento.
Estrés postraumático
El estrés postraumático es un trastorno
por ansiedad causado por la exposición a una situación
traumática abrumadora, en el cual la persona experimenta más
tarde repetidamente la situación traumática.
Las situaciones que son una amenaza para la vida
o que pueden causar lesiones graves pueden afectar a las personas mucho
después de que hayan ocurrido. El miedo intenso, el desamparo
o el terror pueden obsesionar a una persona. La situación traumática
se reexperimenta en repetidas ocasiones, generalmente como pesadillas
o imágenes que vienen a la memoria. La persona evita persistentemente
cosas que le recuerdan el trauma. A veces los síntomas no comienzan
hasta muchos meses e incluso años después del evento traumático.
La persona experimenta una disminución de su capacidad general
de reacción y síntomas de hiperreactividad (como la dificultad
para conciliar el sueño o asustarse con facilidad). Los síntomas
depresivos son frecuentes.
El estrés postraumático afecta por
lo menos al uno por ciento de la población alguna vez durante
su vida. En las personas con mayor riesgo, como los veteranos de la
guerra y las víctimas de violaciones o de otros actos violentos,
tiene una mayor incidencia. El estrés postraumático crónico
no desaparece, pero a menudo se hace menos intenso con el tiempo, incluso
sin tratamiento. Sin embargo, algunas personas quedan indefinidamente
marcadas por este trastorno.
Tratamiento
El tratamiento del estrés postraumático
incluye terapia del comportamiento, fármacos y psicoterapia.
En la terapia del comportamiento, se expone a la persona a situaciones
que pueden desencadenar recuerdos de la experiencia dolorosa. Después
de un incremento inicial en el malestar, generalmente la terapia conductual
disminuye el sufrimiento de la persona. La contención de los
rituales, como lavarse de manera excesiva después de una agresión
sexual, puede ser de utilidad.
Los antidepresivos y los ansiolíticos parecen
ser de utilidad. La psicoterapia de apoyo juega un papel especialmente
importante porque, a menudo, existe una ansiedad intensa en relación
con el recuerdo de los sucesos traumáticos. El terapeuta muestra
una empatía franca y reconoce simpáticamente el dolor
emocional de la persona. Confirma a la persona que su respuesta es lógica,
pero la anima a encarar sus recuerdos durante la terapia conductual
desensibilizante. También se enseñan al paciente métodos
para controlar la ansiedad, lo que le ayuda a modular e integrar los
recuerdos dolorosos dentro de su personalidad.
Las personas con estrés postraumático
a menudo tienen sentimientos de culpabilidad. Por ejemplo, pueden creer
haber actuado de forma inaceptablemente agresiva y destructiva durante
el combate, o pueden haber sufrido una experiencia traumática
en la cual murieron familiares o amigos y sienten culpa por haber sobrevivido.
Si es así, la psicoterapia orientada a la introspección
puede ayudar a estas personas a comprender por qué se están
autoinculpando y a liberarse de estos sentimientos de culpa. Esta técnica
psicoterapéutica puede necesitarse para ayudar a la persona a
recuperar los recuerdos traumáticos clave que han sido reprimidos,
de tal forma que puedan ser manejados de modo constructivo.
Estrés agudo
El estrés agudo es similar al estrés
postraumático, excepto que comienza dentro de las cuatro semanas
después del acontecimiento traumático y dura solamente
de 2 a 4 semanas.
Una persona con un estrés agudo ha sufrido
una exposición a un acontecimiento terrorífico. La persona
reexperimenta el suceso traumático en su mente, evita cosas que
se lo recuerden, tiene un aumento de ansiedad y también tres
o más de los siguientes síntomas:
- Un sentimiento de insensibilidad, alejamiento
o ausencia de respuestas afectivas.
- Conciencia reducida del entorno (por ejemplo,
aturdimiento).
- Sensación de que las cosas no son
reales.
- Sensación de que él mismo
no es real.
- Incapacidad de recordar una parte importante
del acontecimiento traumático.
Tratamiento
Muchas personas se recuperan del estrés agudo
una vez que son retiradas de la situación traumática y
se les da apoyo adecuado en forma de comprensión, empatía
con su sufrimiento y una oportunidad de describir lo que ocurrió
y cómo fue su propia reacción. Mucha gente se beneficia
al poder describir varias veces su experiencia. Ayudar a la persona
a conciliar el sueño puede ser beneficioso, pero algún
otro tipo de fármaco puede interferir el proceso normal de curación.