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TRASTORNOS DEL SISTEMA INMUNITARIO
CAPITULO 167
Biología del sistema inmunitario
Así como la mente humana permite que
una persona desarrolle su propia forma de ser, el sistema inmunitario
provee un concepto propio de biología. La función del
sistema inmunitario es defender al cuerpo de los invasores. Los microbios
(gérmenes o microorganismos), las células cancerosas y
los tejidos u órganos trasplantados son interpretados por el
sistema inmunitario como algo contra lo cual el cuerpo debe defenderse.
A pesar de que el sistema inmunitario es complicado,
su estrategia básica es simple: reconocer al enemigo, movilizar
fuerzas y atacar. Comprender la anatomía y los componentes del
sistema inmunitario permite ver cómo funciona esta estrategia.
Anatomía
El sistema inmunitario mantiene su propio sistema
de circulación (los vasos linfáticos) que abarca todos
los órganos del cuerpo excepto el cerebro. Los vasos linfáticos
contienen un líquido claro y espeso (linfa) formado por un líquido
cargado de grasa y glóbulos blancos.
Además de los vasos linfáticos existen
áreas especiales (ganglios linfáticos, amígdalas,
médula ósea, bazo, hígado, pulmones e intestino)
en las que es posible reclutar, movilizar y desplegar linfocitos hacia
zonas específicas como parte de la respuesta inmune. El ingenioso
diseño de este sistema asegura la inmediata disponibilidad y
rápida concreción de una respuesta inmune dondequiera
que sea necesaria. Es posible ver funcionar este sistema cuando una
herida o infección en la yema de un dedo produce la inflamación
de un ganglio linfático en el codo o cuando una infección
de garganta inflama los ganglios linfáticos que se encuentran
bajo la barbilla. Los ganglios se inflaman porque los vasos linfáticos
drenan la infección transportándola hacia la zona más
cercana en la que pueda organizarse una respuesta inmune.

Componentes del sistema inmunitario
El sistema inmunitario está compuesto por
células y sustancias solubles. Las células más
importantes del sistema inmunitario son los glóbulos blancos.
Los macrófagos, neutrófilos y linfocitos son distintos
tipos de glóbulos blancos. Las sustancias solubles son moléculas
que no forman parte de las células pero que se disuelven en un
líquido, como el plasma. Las sustancias solubles más importantes
son los anticuerpos, las proteínas del sistema del complemento
y las citoquinas. Algunas sustancias solubles actúan como mensajeros
para atraer y activar otras células. El complejo mayor de histocompatibilidad
es la base del sistema inmunitario y ayuda a identificar lo propio y
lo extraño.
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Sistema linfático: defensa contra
la infección
El sistema linfático es una red de
ganglios linfáticos conectados con vasos linfáticos.
Los ganglios linfáticos contienen una red de tejido en
la cual los linfocitos están estrechamente unidos.
Esta red de linfocitos filtra, ataca y destruye organismos perjudiciales
que producen infecciones. Los ganglios linfáticos suelen
agruparse
en zonas en las que los vasos linfáticos se ramifican,
como el cuello, las axilas y la ingle.
La linfa, un líquido rico en glóbulos blancos,
fluye por los vasos linfáticos. La linfa contribuye a
que el agua, las proteínas y otras sustancias de los
tejidos corporales regresen
al flujo sanguíneo. Todas las sustancias absorbidas por
la linfa pasan por al menos un ganglio linfático y su
correspondiente filtro formado por una red de linfocitos.
Otros órganos y tejidos corporales (el timo, el hígado,
el bazo, el apéndice, la médula ósea y
pequeñas acumulaciones de tejido linfático como
las amígdalas en la garganta y las glándulas de
Peyer en el intestino delgado) también forman parte del
sistema linfático. Estos tejidos también ayudan
al cuerpo a combatir las infecciones.
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Macrófagos
Los macrófagos son grandes glóbulos
blancos que ingieren microbios, antígenos y otras sustancias.
Un antígeno es cualquier sustancia que puede estimular una respuesta
inmune. Las bacterias, los virus, las proteínas, los hidratos
de carbono, las células cancerosas y las toxinas pueden actuar
como antígenos.
El citoplasma de macrófagos contiene gránulos
o paquetes envueltos por una membrana, consistentes en varias sustancias
químicas y enzimas. Las mismas permiten que el macrófago
digiera el microbio que ha ingerido y, por lo general, lo destruya.
Los macrófagos no se encuentran en la sangre;
en realidad se localizan en zonas estratégicas donde los órganos
del cuerpo contactan con el flujo sanguíneo o el mundo exterior.
Por ejemplo, los macrófagos se hallan donde los pulmones reciben
el aire exterior y donde las células del hígado se conectan
con los vasos sanguíneos. Las células similares de la
sangre reciben el nombre de monocitos.
Neutrófilos
Al igual que los macrófagos, los neutrófilos
son grandes glóbulos blancos que tragan microbios y otros antígenos
y tienen gránulos que contienen enzimas cuya finalidad es destruir
los antígenos ingeridos. Sin embargo, a diferencia de los macrófagos,
los neutrófilos circulan en la sangre; necesitan un estímulo
específico para abandonar ésta y entrar en los tejidos.
Los macrófagos y los neutrófilos suelen
trabajar juntos. Los macrófagos inician una respuesta inmune
y envían señales para movilizar a los neutrófilos,
con el fin de que se unan a ellos en el sector con problemas. Cuando
llegan los neutrófilos, digieren a los invasores y así
los destruyen. La acumulación de neutrófilos y la muerte
y digestión de los microbios forma pus.
| Algunos glóbulos
blancos que combaten las infecciones |
| Macrófafo |
Linfocito |
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| Célula asesina natural |
Neutrófilo |
Linfocitos
Los linfocitos, las principales células del
sistema linfático, son relativamente pequeños comparados
con los macrófagos y los neutrófilos. A diferencia de
los neutrófilos, que no viven más de 7 a 10 días,
los linfocitos pueden vivir durante años o décadas. La
mayoría de los linfocitos se divide en tres categorías
principales:
- Los linfocitos B derivan de una célula
(célula madre o precursora) de la médula ósea y
maduran hasta convertirse en células plasmáticas, que
secretan anticuerpos.
- Los linfocitos T se forman cuando las células
madres o precursoras migran de la médula ósea hacia el
timo, una glándula donde se dividen y maduran. Los linfocitos
T aprenden a diferenciar lo propio y lo extraño en el timo. Los
linfocitos T maduros abandonan el timo y entran en el sistema linfático,
donde funcionan como parte del sistema inmunitario de vigilancia.
- Las células asesinas naturales, que son
ligeramente más grandes que los linfocitos T y B, reciben ese
nombre porque matan ciertos microbios y células cancerosas. El
adjetivo natural indica que, en cuanto se forman, están
preparadas para matar diversos tipos de células, en lugar de
requerir la maduración y el proceso educativo que sí necesitan
los linfocitos B y T. Las células asesinas naturales también
producen algunas citoquinas, sustancias mensajeras que regulan ciertas
funciones de los linfocitos T, los linfocitos B y los macrófagos.
Anticuerpos
Cuando son estimulados por un antígeno, los
linfocitos B maduran hasta convertirse en células que forman
anticuerpos. Los anticuerpos son proteínas que interactúan
con el antígeno que inicialmente estimula los linfocitos B. Los
anticuerpos también reciben el nombre de inmunoglobulinas.
Cada molécula de anticuerpo tiene una parte
única que se une a un antígeno específico y otra
parte cuya estructura determina la clase de anticuerpo. Existen cinco
clases de anticuerpos: IgM, IgG, IgA, IgE e IgD.
Estructura básica en Y de los
anticuerpos
Todas las moléculas de los anticuerpos
tienen una estructura básica en forma de Y en la que
varias piezas se unen mediante estructuras químicas llamadas
enlaces de bisulfuro. Una molécula de anticuerpo se divide
en regiones variables y constantes. La región variable
determina a qué antígeno se unirá el anticuerpo.
La región constante determina la clase de anticuerpo
(IgG, IgM, IgD, IgE o IgA).
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- La IgM (inmunoglobulina M) es el anticuerpo que
se produce ante la primera exposición a un antígeno. Por
ejemplo, cuando un niño recibe la primera vacuna antitetánica,
los anticuerpos antitétanos de clase IgM se producen de 10 a
14 días más tarde (respuesta de anticuerpos primaria).
La IgM abunda en la sangre, pero normalmente no está presente
en los órganos o los tejidos.
- La IgG, el tipo de anticuerpo más frecuente,
se produce tras varias exposiciones a un antígeno. Por ejemplo,
después de recibir una segunda dosis de vacuna antitetánica
(de refuerzo), un niño produce anticuerpos IgG en un lapso de
5 a 7 días. Esta respuesta de anticuerpos secundaria es más
veloz y abundante que la respuesta primaria. La IgG se encuentra tanto
en la sangre como en los tejidos. Es el único anticuerpo que
se transmite de la madre al feto a través de la placenta. La
IgG de la madre protege al feto y al recién nacido hasta que
el sistema inmunitario del bebé pueda producir sus propios anticuerpos.
- La IgA es el anticuerpo que desempeña un
importante papel en la defensa del cuerpo cuando se produce una invasión
de microorganismos a través de una membrana mucosa (superficies
revestidas, como la nariz, los ojos, los pulmones y los intestinos).
La IgA se encuentra en la sangre y en algunas secreciones como las del
tracto gastrointestinal y la nariz, los ojos, los pulmones y la leche
materna.
- La IgE es el anticuerpo que produce reacciones
alérgicas agudas (inmediatas). En este aspecto, la IgA es la
única clase de anticuerpo que aparentemente hace más mal
que bien. Sin embargo, puede ser importante a la hora de combatir infecciones
parasitarias, muy frecuentes en los países en vías de
desarrollo.
- La IgD es un anticuerpo presente en muy pequeñas
concentraciones en la sangre que circula por el cuerpo. Aún no
se comprende completamente su función.
Sistema del complemento
El sistema del complemento abarca más de
18 pro-teínas. Estas proteínas actúan en cadena,
es decir, que una activa la siguiente. El sistema del complemento puede
ser activado a través de dos vías diferentes. Una de ellas,
llamada vía alternativa, es activada por ciertos productos microbianos
o antígenos. La otra vía, llamada clásica, es activada
por anticuerpos específicos unidos a sus antígenos (complejos
inmunes). El sistema del complemento destruye sustancias extrañas,
directamente o en conjunción con otros componentes del sistema
inmunitario.
Citoquinas
Las citoquinas funcionan como los mensajeros del
sistema inmunitario. Son secretadas por células del sistema inmunitario
en respuesta a una estimulación. Las citoquinas amplifican (o
estimulan) algunos aspectos del sistema inmunitario e inhiben (o suprimen)
otros. Se han identificado muchas citoquinas y la lista todavía
sigue creciendo.
Algunas citoquinas pueden ser inyectadas como parte
del tratamiento para ciertas enfermedades. Por ejemplo, el interferón
alfa es efectivo en el tratamiento de ciertos cánceres, como
la leucemia de células peludas. Otra citoquina, el interferón
beta, puede ayudar a tratar la esclerosis múltiple. Una tercera
citoquina, llamada interleucina-2, puede ser útil en el tratamiento
del melanoma maligno y el cáncer de riñón, a pesar
de que su uso tiene efectos adversos. Existe otra citoquina más,
llamada factor estimulante de las colonias de granulocitos, que estimula
la producción de neutrófilos, y puede ser utilizada en
pacientes con cáncer que tienen poca cantidad de neutrófilos
a causa de la quimioterapia.
Complejo mayor de histocompatibilidad
Todas las células tienen moléculas
en su superficie que son únicas para cada persona determinada.
Se las conoce con el nombre de moléculas del complejo mayor de
histocompatibilidad. A través de ellas, el cuerpo es capaz de
distinguir lo propio y lo extraño. Toda célula que muestre
moléculas idénticas del complejo mayor de histocompatibilidad
es ignorada; y toda célula que muestre moléculas no idénticas
del complejo mayor de histocompatibilidad es rechazada.
Existen dos tipos de moléculas del complejo
mayor de histocompatibilidad (también llamadas antígenos
leucocitarios humanos o HLA): las de clase I y clase II. Las moléculas
del complejo mayor de histocompatibilidad de clase I están presentes
en todas las células del cuerpo a excepción de los glóbulos
rojos. Las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad
de clase II están presentes sólo en las superficies de
los macrófagos y en los linfocitos B y T que hayan sido estimulados
por un antígeno. Las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad
de clases I y II de cada persona son únicas. A pesar de que los
gemelos idénticos tienen idénticas moléculas de
histocompatibilidad, existe una baja probabilidad (una sobre cuatro)
de que los gemelos no idénticos tengan moléculas idénticas,
mientras que es extraordinariamente baja para dos personas que no son
hijas de los mismos padres.
Las células del sistema inmunitario aprenden
a diferenciar lo propio de lo extraño en la glándula del
timo. Cuando el sistema inmunitario comienza a desarrollarse en el feto,
las células madres o precursoras migran hacia el timo, donde
se dividen hasta convertirse en linfocitos T. Mientras se desarrolla
en la glándula del timo, cualquier linfocito T que reacciona
ante las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad
del timo es eliminado. A todo linfocito T que tolere el complejo mayor
de histocompatibilidad del timo y aprenda a cooperar con las células
que expresan las moléculas únicas del complejo mayor de
histocompatibilidad del cuerpo se le permite madurar y abandonar el
timo.
El resultado es que los linfocitos T maduros toleran
las células y los órganos del cuerpo y pueden cooperar
con las otras células del cuerpo cuando se las llama a defender
a éste. Si los linfocitos T no tolerasen las moléculas
del complejo mayor de histocompatibilidad del cuerpo, lo atacarían.
Sin embargo, en ocasiones los linfocitos T pierden la capacidad de diferenciar
lo propio de lo extraño y, en consecuencia, se desarrollan enfermedades
autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico (lupus) o la
esclerosis múltiple.
La inmunidad y la respuesta inmune
El sistema inmunitario ha conformado una compleja
red de procedimientos que pueden dividirse en dos categorías:
inmunidad innata (natural) y aprendida (adquirida).
Todas las personas nacen con inmunidad innata. Los
componentes del sistema inmunitario que participan de la inmunidad innata
(macrófagos, neutrófilos y sistema del complemento) reaccionan
de forma similar ante todas las sustancias extrañas, y el reconocimiento
de los antígenos no varía de persona a persona.
Como su nombre indica, la inmunidad aprendida es
adquirida. En el momento de nacer, el sistema inmunitario de una persona
aún no se ha enfrentado al mundo exterior ni ha comenzado a desarrollar
sus archivos de memoria. El sistema inmunitario aprende a responder
a cada nuevo antígeno con el que se enfrenta. En consecuencia,
la inmunidad aprendida es específica de los antígenos
que la persona encuentra a lo largo de su vida. El rasgo característico
de la inmunidad específica es la capacidad de aprender, adaptarse
y recordar.
El sistema inmunitario lleva un registro o memoria
de cada antígeno que la persona encuentre, ya sea a través
de los pulmones (al respirar), el intestino (al comer) o la piel. Ello
es posible porque los linfocitos tienen una larga vida. Cuando los linfocitos
encuentran un antígeno por segunda vez, su respuesta ante él
es enérgica, rápida y específica. Esta respuesta
inmune específica explica por qué no se contrae varicela
o sarampión más de una vez a lo largo de la vida, así
como el motivo por el que las vacunas previenen las enfermedades. Por
ejemplo, para evitar la poliomielitis, una persona recibe una vacuna
hecha de una forma debilitada del poliovirus. Si posteriormente esa
persona resulta expuesta al poliovirus, su sistema inmunitario busca
en sus archivos de memoria, encuentra los datos de este
virus y rápidamente activa las defensas apropiadas. El resultado
es que el poliovirus es eliminado por anticuerpos específicos
que neutralizan el virus antes de que tenga oportunidad de multiplicarse
o de invadir el sistema nervioso.
La inmunidad innata y la inmunidad aprendida no
son independientes una de otra. Cada sistema actúa en relación
con el otro e influye sobre él, directa o indirectamente, a través
de la inducción de citoquinas (mensajeros). Rara vez un estímulo
desencadena una única respuesta. Lo que hace es iniciar varias,
algunas de las cuales pueden actuar juntas u ocasionalmente competir
entre sí. De todos modos las respuestas dependen de los tres
principios básicos del reconocimiento, de la movilización
y del ataque.
Reconocimiento
Antes de que el sistema inmunitario pueda responder
ante un antígeno, debe ser capaz de reconocerlo. Y, en efecto,
puede hacerlo a través de un proceso llamado procesamiento de
antígenos. Los macrófagos son las mayores células
procesadoras de antígenos, pero otras células, incluyendo
los linfocitos B, también pueden hacerlo.
Las células procesadoras de antígenos
ingieren un antígeno y lo cortan en pequeños fragmentos.
A continuación, estos fragmentos se colocan dentro de las moléculas
del complejo mayor de histocompatibilidad y son disparados hacia la
superficie de la membrana celular. El área del complejo mayor
de histocompatibilidad que contiene los fragmentos de antígeno
luego se une (adhiere) a una molécula especial de la superficie
del linfocito T llamada receptor de célula T. El receptor de
célula T está diseñado para encajar (como una llave
en una cerradura) en la parte del complejo mayor de histocompatibilidad
que transporta un fragmento de antígeno.
Los linfocitos T cuentan con dos grandes subgrupos
que difieren en su capacidad de unirse (adherirse) a una de las dos
clases de moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad.
El subgrupo de linfocitos T con una molécula CD8 en su superficie
puede unirse a moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad
de clase I. El subgrupo de lin-focitos T con una molécula CD4
en su superficie puede unirse a moléculas del complejo mayor
de histocompatibilidad de clase II.
Movilización
Una vez que una célula procesadora de antígenos
y un linfocito T han reconocido un antígeno, una serie de hechos
inicia la movilización del sistema inmunitario. Cuando una célula
procesadora de antígenos ingiere un antígeno, libera citoquinas
(por ejemplo, interleucina-1, interleucina-8 o interleucina-12) que
actúan sobre otras células. La interleucina-1 moviliza
otros linfocitos T; la interleucina-12 estimula las células asesinas
naturales para que sean aún más potentes y secreten interferón;
la interleucina-8 actúa como una especie de faro
que guía a los neutrófilos hacia el sitio en el que fue
encontrado el antígeno. Este proceso de atracción y reclutamiento
de células recibe el nombre de quimiotaxis.
Cuando los linfocitos T son estimulados a través
de sus receptores de células T, producen varias citoquinas que
ayudan a reclutar otros linfocitos, lo cual amplifica la respuesta inmune.
Las citoquinas también pueden activar las defensas inmunes no
específicas (innatas). En consecuencia, actúan como un
puente entre la inmunidad innata y la aprendida.
Como los linfocitos T reconocen a los
antígenos
Los linfocitos T forman parte del sistema
inmunitario de vigilancia. Contribuyen a identificar antígenos,
que son sustancias extrañas al cuerpo. Sin embargo, para
ser reconocido por un linfocito T, un antígeno debe ser
procesado y presentado al linfocito de forma tal
que éste pueda identificarlo, como se muestra a continuación.
1. Un antígeno que circula por el cuerpo tiene una estructura
que un linfocito T no puede reconocer.
2. Una célula procesadora de antígenos, como un
macrófago, rodea e ingiere al antígeno.
3. Las enzimas de la célula procesadora de antígenos
rompen dicho antígeno hasta reducirlo a fragmentos.
4. Algunos fragmentos de antígeno se unen a moléculas
del complejo mayor de histocompatibilidad y son lanzados a la
superficie de la membrana celular.
5. Un receptor de células T, localizado en la superficie
de un linfocito T, reconoce el fragmento de antígeno
unido a una molécula del complejo mayor de histocompatibilidad
y se adhiere a él.
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Ataque
Gran parte de la maquinaria del sistema inmunitario
tiene la finalidad de matar o de eliminar los microbios invasores una
vez que han sido reconocidos. Los macrófagos, los neutrófilos
y las células asesinas naturales son capaces de eliminar muchos
invasores.
Si un invasor no puede ser eliminado por completo,
se pueden construir paredes para aprisionarlo. Estas paredes están
formadas por células especiales y reciben el nombre de granulomas.
La tuberculosis es un ejemplo de una infección que no es completamente
eliminada; las bacterias que causan tuberculosis quedan aprisionadas
dentro de un granuloma. La mayoría de las personas sanas expuestas
a estas bacterias rechaza la infección causada por la tuberculosis,
pero algunas bacterias sobreviven indefinidamente, generalmente en el
pulmón, rodeadas de un granuloma. Si el sistema inmunitario se
debilita (incluso 50 o 60 años más tarde), las paredes
de la prisión se desmoronan y las bacterias que causan la tuberculosis
comienzan a multiplicarse.
El cuerpo no combate a todos los invasores del mismo
modo. Los que permanecen fuera de las células del cuerpo (organismos
extracelulares) son relativamente fáciles de combatir; el sistema
inmunitario moviliza defensas para facilitar su ingestión por
los macrófagos y otras células. Cómo lleva a cabo
el sistema inmunitario este procedimiento depende de si los invasores
están encapsulados (tienen una gruesa cápsula a su alrededor)
o no. Los invasores que llegan al interior de las células (organismos
intracelulares), y siguen viables (vivos) y funcionales se combaten
de forma completamente diferente.
Organismos extracelulares encapsulados
Algunas bacterias cuentan con una cápsula
que resguarda las paredes de sus células e impide que los macrófagos
las reconozcan. Un ejemplo común de bacterias encapsuladas son
los estreptococos, que causan faringitis estreptocócica. La respuesta
inmune consiste en hacer que los linfocitos B produzcan anticuerpos
contra la cápsula. Los anticuerpos también neutralizan
las toxinas que producen ciertas bacterias.
Una vez creados, se adhieren a las cápsulas.
La unidad bacteria-anticuerpo recibe el nombre de complejo inmune. El
complejo inmune se adhiere a un receptor sobre un macrófago.
Esta unión permite que el macrófago ingiera todo el complejo
y que luego se digieran las bacterias allí mismo. Los complejos
inmunes también activan la cascada del complemento. La unión
de productos de la cascada del complemento y el complejo inmune hace
que a los macrófagos les resulte muy fácil identificar
los complejos inmunes que debe ingerir.
Organismos extracelulares no encapsulados
Algunas bacterias tienen sólo una pared celular;
no tienen cápsula y, en consecuencia, se las considera no encapsuladas.
Escherichia coli, una causa muy frecuente de intoxicación alimentaria
y de infecciones del tracto urinario, es un ejemplo de bacteria no encapsulada.
Cuando las bacterias no encapsuladas invaden el
cuerpo, los macrófagos, las células asesinas naturales,
las citoquinas y la cascada del complemento se ponen en acción.
Los macrófagos tienen sensores que reconocen
las moléculas de la superficie de las bacterias no encapsuladas.
Cuando las moléculas y los sensores se unen, la bacteria es rodeada
y absorbida por el macrófago en un proceso llamado fagocitosis.
La fagocitosis estimula al macrófago a liberar citoquinas que
atraen a los neutrófilos. Luego los neutrófilos absorben
y matan muchas bacterias más. Algunas de las citoquinas liberadas
por los macrófagos activan células asesinas naturales,
que luego pueden matar algunas bacterias directamente, o bien ayudan
tanto a los neutrófilos como a los macrófagos a matar
de forma más eficiente.
Las bacterias no encapsuladas también activan
la cascada del complemento. El complemento ayuda a destruir las bacterias
y libera un producto que actúa como señal para atraer
neutrófilos, que luego destruyen el resto de las bacterias.
Organismos intracelulares
Algunos microorganismos, como las bacterias de la
tuberculosis, sobreviven mejor dentro de una célula. Debido a
que estos organismos deben entrar en una célula para vivir, no
cuentan con ninguna defensa en particular cuando se los ingiere. Una
vez ingeridos, estos organismos son secuestrados (encerrados) dentro
de la célula en una estructura protectora llamada vesícula
o vacuola. Las vesículas pueden fundirse con otras dentro del
citoplasma, como las vesículas que reúnen y envuelven
las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad de clase
II.
A medida que estas vesículas se unen, el
complejo mayor de histocompatibilidad recoge algunos fragmentos de las
bacterias. Cuando el complejo mayor de histocompatibilidad es trasplantado
hacia la superficie celular, contiene estos fragmentos extraños.
Las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad son reconocidas
por los linfocitos T, que responden al fragmento de antígeno
liberando citoquinas. Las citoquinas activan macrófagos. Esta
activación deriva en la producción de nuevos elementos
químicos dentro de la célula. Estos elementos químicos
ahora permiten que el macrófago mate los organismos que se encuentran
dentro de la célula.
Algunas citoquinas favorecen la producción
de anticuerpos. Los anticuerpos participan activamente en la defensa
contra organismos localizados fuera de la célula; pero son ineficaces
contra las infecciones que se producen dentro de ésta.
Los virus son un ejemplo de otro organismo que debe
entrar en una célula para poder sobrevivir. Sin embargo, los
virus son procesados no en vesículas sino en estructuras especiales
llamadas proteosomas. Los proteosomas rompen el virus en fragmentos
que son transportados hacia otra estructura, dentro de la célula,
llamada retículo endoplasmático (la fábrica celular
en la que se producen proteínas). Las moléculas del complejo
mayor de histocompatibilidad de clase I también se reúnen
dentro del retículo endoplasmático rugoso. Mientras se
produce esta reunión, las moléculas recogen fragmentos
de virus que llevan consigo cuando son lanzadas hacia la superficie
celular.
Ciertos linfocitos T reconocen las moléculas
de clase I, que ahora contienen fragmentos de virus, y se unen a ellas.
Cuando la conexión se completa, una señal enviada a través
de la membrana celular desencadena la activación de linfocitos
T antígeno-específicos, la mayoría de los cuales
se convierten luego en células T asesinas. A diferencia de las
células asesinas naturales, no obstante, las células T
asesinas sólo matan las células infectadas con el virus
en particular que ha estimulado su activación. Por ejemplo, las
células T asesinas ayudan a combatir el virus de la gripe. La
razón por la cual la mayoría de las personas necesitan
de 7 a 10 días para recuperarse de la gripe es porque éste
es el tiempo que lleva generar células T asesinas especialmente
diseñadas para combatir el virus que produce dicha enfermedad.
Reacciones autoinmunes
En ocasiones el sistema inmunitario no funciona
correctamente, interpreta que los tejidos del cuerpo son extraños
y, en consecuencia, los ataca, provocando una reacción autoinmune.
Las reacciones autoinmunes pueden desencadenarse de varias maneras:
- Una sustancia corporal que por lo común
queda estrictamente restringida a un área específica (y
en consecuencia escondida del sistema inmunitario) es liberada en la
circulación general. Por ejemplo, el fluido del globo ocular
normalmente se limita a las cámaras del ojo. Si un golpe en el
ojo libera este fluido al flujo sanguíneo, el sistema inmunitario
puede reaccionar contra él.
- Una sustancia corporal normal es alterada. Por
ejemplo los virus, los medicamentos, la luz solar o la radiación
pueden cambiar la estructura de una proteína hasta el punto de
hacerla parecer extraña.
- El sistema inmunitario responde a una sustancia
extraña que tiene una apariencia similar a una sustancia natural
del cuerpo e involuntariamente ataca tanto las sustancias del cuerpo
como las extrañas.
- Algo funciona mal en las células que controlan
la producción de anticuerpos. Por ejemplo, los linfocitos B cancerosos
pueden producir anticuerpos anormales que atacan a los glóbulos
rojos.
Los resultados de una reacción autoinmune
varían. Es frecuente que la persona tenga fiebre. Varios tejidos
pueden resultar destruidos, como vasos sanguíneos, cartílago
y piel. Virtualmente todos los órganos pueden ser atacados por
el sistema inmunitario, incluyendo los riñones, los pulmones,
el corazón y el cerebro. La inflamación y el daño
que se produce en los tejidos pueden causar insuficiencia renal, problemas
respiratorios, funcionamiento cardíaco anormal, dolor, deformación,
delirio y muerte.
Un gran número de trastornos casi con certeza
tienen un origen autoinmune, incluyendo el lupus (lupus eritematoso
sistémico), la miastenia grave, la enfermedad de Graves, la tiroiditis
de Hashimoto, el pénfigo, la artritis reumatoide, la esclerodermia,
el síndrome de Sjögren y la anemia perniciosa.