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PROBLEMAS DE SALUD DE LA MUJER
CAPITULO 246
Enfermedades que pueden complicar el embarazo
Las enfermedades que afectan al corazón
o a los riñones, las anemias, las infecciones y la diabetes pueden
causar complicaciones durante el embarazo, tanto a la mujer como al
feto.
Cardiopatías
En los países desarrollados, las enfermedades
del corazón son cada vez menos frecuentes en las mujeres en edad
fértil, principalmente debido a un marcado descenso de los casos
de fiebre reumática, una enfermedad que se sufre en la infancia
y que lesiona el corazón. Alrededor del uno por ciento de las
mujeres que tienen una enfermedad cardíaca grave antes de quedar
embarazadas mueren como resultado del embarazo, por lo general, debido
a una insuficiencia cardíaca. Sin embargo, gracias a la mejora
de los procedimientos diagnósticos y de los tratamientos, la
mayoría de mujeres con enfermedades cardíacas pueden dar
a luz normalmente y los recién nacidos están sanos. En
estas mujeres, el hecho de tener un hijo no tiene por qué afectar
permanentemente a la función cardíaca o reducir su esperanza
de vida.
Los cambios normales que se producen en la circulación
sanguínea durante el embarazo representan un esfuerzo adicional
para el corazón, por lo que una mujer que está embarazada
o considera la posibilidad de estarlo debería comunicar a su
médico si tiene o ha tenido alguna vez una enfermedad del corazón.
El embarazo complica aún más el diagnóstico
de una enfermedad cardíaca, porque el volumen de sangre aumenta
y provoca soplos (sonidos causados por el repentino y turbulento paso
de la sangre por el corazón) que pueden sugerir un trastorno
cardíaco, incluso cuando no exista ninguno. Además, las
venas se dilatan, aumenta la frecuencia cardíaca y el corazón
tiene un aspecto diferente en las radiografías.
Insuficiencia cardíaca
La insuficiencia cardíaca es la incapacidad
del corazón de bombear la cantidad de sangre necesaria para el
organismo.
A medida que avanza el embarazo, una mujer con insuficiencia
cardíaca se siente cada vez más cansada, incluso aunque
descanse lo suficiente, evite el estrés, tome alimentos nutritivos,
y suplementos de hierro para evitar la anemia y controle su peso. Los
momentos especialmente preocupantes, en los que las demandas del corazón
son mayores, se encuentran entre las semanas 28 y 34 de embarazo, durante
el parto e inmediatamente después del mismo. La enfermedad cardíaca
de la madre puede afectar al feto; de hecho, el feto puede morir durante
un episodio de insuficiencia cardíaca de la madre, o bien puede
nacer antes de término (prematuramente).
El trabajo durante el parto y la mayor cantidad
de sangre que retorna al corazón procedente del útero
cuando se contrae incrementan en gran medida el esfuerzo que debe hacer
el corazón. Durante cada contracción uterina, el corazón
bombea alrededor de un 20 por ciento más de sangre. Una mujer
que tenga una grave insuficiencia cardíaca puede recibir anestesia
epidural para desensibilizar la parte inferior de la médula espinal
y evitar que así haga esfuerzos durante el parto. Los esfuerzos
de expulsión interrumpen transitoriamente la absorción
de oxígeno en los pulmones de la madre y, en consecuencia, reducen
el suministro de oxígeno al feto. El recién nacido nace
mediante fórceps o por cesárea. El nacimiento por fórceps
acarrea un menor riesgo para la madre que una cesárea, a pesar
de que existen más probabilidades de lesión en el recién
nacido; si se producen, estas lesiones, en general, son poco importantes.
Después del parto, se producen grandes variaciones
en la función cardíaca de la madre, como resultado de
un nuevo cambio en las demandas. Una mujer que ha tenido insuficiencia
cardíaca no se encuentra fuera de peligro al menos hasta 6 meses
después.
Enfermedad reumática del corazón
La enfermedad reumática del corazón
es una complicación frecuente de la fiebre reumática en
la que una o más válvulas cardíacas se estrechan,
en particular, la válvula mitral (estenosis mitral).
Los problemas causados por un estrechamiento de
las válvulas del corazón empeoran durante el embarazo.
Durante éste, la válvula estrecha debe soportar la presión
de un aumento de la frecuencia cardíaca, el incremento del volumen
de la sangre y la sobrecarga a que está sometido el corazón.
Como resultado, cierta cantidad de líquido puede estancarse en
los pulmones y causar edema pulmonar (que es la complicación
más peligrosa de la estenosis mitral).
Cualquier mujer con una grave cardiopatía
reumática debería someterse a una intervención
quirúrgica para reparar la válvula mitral antes de quedar
embarazada. En caso necesario, esta cirugía puede realizarse
durante el embarazo, pero las intervenciones a corazón abierto
aumentan el riesgo de perder el feto o de dar a luz prematuramente.
Durante el embarazo, la mujer debería limitar
su actividad física y evitar la fatiga y la ansiedad. El mejor
momento para el parto es la fecha estimada del alumbramiento o unos
pocos días antes. Debido a que las válvulas lesionadas
por la enfermedad reumática son más susceptibles a las
infecciones, se administran antibióticos como medida preventiva
durante el parto, 8 horas después de cualquier situación
que aumente el riesgo de infección, como una intervención
dental o la rotura prematura de las membranas que rodean al feto. Estas
infecciones son muy graves.
Cardiopatías congénitas
La mayoría de mujeres con defectos congénitos
del corazón (cardiopatías congénitas) pero que
no ha tenido síntomas antes del embarazo no tiene un riesgo mayor
de complicación durante el mismo. Sin embargo, las mujeres que
tienen ciertos trastornos que afectan al lado derecho del corazón
y a los pulmones, como el síndrome de Eisenmenger y la hipertensión
pulmonar primaria, corren el riesgo de sufrir un colapso y morir durante
el parto o poco después de éste. La causa de la muerte
es poco clara, pero el riesgo es lo bastante importante como para desaconsejar
el embarazo. Si una mujer con alguno de estos trastornos queda embarazada,
el parto debe realizarse en las mejores condiciones posibles y con el
equipo completo de reanimación preparado. Se pueden administrar
antibióticos para evitar la infección de las válvulas
cardíacas anormales. El aborto espontáneo o inducido después
de las 20 semanas de embarazo también resulta peligroso para
estas mujeres.
Prolapso de la válvula mitral
En el prolapso de la válvula mitral, las
valvas de esta válvula protruyen dentro de la aurícula
izquierda durante la contracción ventricular y, en consecuencia,
se escapan (regurgitación) pequeñas cantidades de sangre
hacia la aurícula.
El prolapso de válvula mitral es más
frecuente en las mujeres jóvenes y tiende a ser hereditario.
Los síntomas consisten en la presencia de un soplo cardíaco,
conciencia del latido cardíaco (palpitaciones) y, en ocasiones,
un ritmo cardíaco irregular (arritmia). La mayoría de
las mujeres que presentan este trastorno no tiene complicaciones durante
el embarazo pero, por lo general, se les administran antibióticos
por vía intravenosa durante el parto para evitar una infección
de las válvulas del corazón.
Hipertensión arterial
La presión arterial elevada (hipertensión)
puede estar presente antes del embarazo pero, en un pequeño porcentaje
de casos, se desarrolla durante el mismo.
Si una mujer tiene una presión arterial ligeramente
alta (de 140/90 a 150/100 mm Hg) y está intentando quedar embarazada
o descubre que ya lo está, habitualmente, su médico suspende
el tratamiento farmacológico que está siguiendo para bajar
la presión arterial (fármacos antihipertensores). El motivo
de esta interrupción es que el riesgo de que los fármacos
aumenten la morbilidad y la mortalidad del feto es mayor que el posible
beneficio que obtenga la madre. La mujer puede tener que restringir
el consumo de sal y reducir la actividad física para ayudar a
controlar su presión arterial.
En caso de que la presión arterial sea moderadamente
alta (de 150/90 a 180/110 mm Hg), en general debe continuar tomando
los fármacos antihipertensores. Sin embargo, algunos de los fármacos
que son seguros para la mujer pueden lesionar al feto. Los fármacos
antihipertensores que, en general, se prefieren para una mujer gestante
son la metildopa y la hidralazina. Por otro lado, los fármacos
que reducen la presión arterial eliminando el exceso de agua
del organismo (diuréticos) reducen el volumen de sangre de la
mujer embarazada y pueden inhibir el crecimiento fetal. Si una mujer
ha estado tomando un diurético para hacer descender su presión
arterial, habitualmente se reemplaza con metildopa en cuanto se detecta
el embarazo. Si es necesario, se añade hidralazina. Cada mes,
es necesario realizar un análisis para conocer el funcionamiento
renal, y el crecimiento del feto se controla con ecografías.
En general, el médico provoca el parto a las 38 semanas de embarazo.
Las mujeres embarazadas con una hipertensión
arterial grave (más de 180/110 mm Hg) necesitan cuidados especiales.
El embarazo puede empeorar en gran medida la hipertensión y provocar
hinchazón del cerebro, hemorragia cerebral, insuficiencia renal,
insuficiencia cardíaca e incluso la muerte. El desprendimiento
prematuro de la placenta de la pared uterina (abruptio placentae) es
más frecuente en estas mujeres; con el desprendimiento, el suministro
de oxígeno y de nutrientes que recibe el feto se interrumpe y
éste puede morir. Aunque la placenta no se desprenda, la hipertensión
puede reducir el suministro de sangre que recibe la placenta y retardar
el crecimiento fetal. Si la mujer desea continuar el embarazo, se deben
administrar fármacos más potentes que reduzcan su presión
arterial. En general, se la hospitaliza durante la segunda mitad (o
incluso más) del embarazo para protegerla a ella y también
al feto. Si su estado empeora, puede que deba recomendarse la interrupción
del embarazo para salvar su vida.
Anemias
Las anemias son trastornos en los que el número
de glóbulos rojos o la cantidad de hemoglobina (la proteína
que transporta oxígeno) que contienen son inferiores a lo normal.
La mayoría de las mujeres embarazadas tiene
algún grado de anemia que no resulta perjudicial. No obstante,
las anemias provocadas por anomalías hereditarias en la hemoglobina
pueden complicar el embarazo, ya que aumentan el riesgo de enfermedades
e incluso de muerte del recién nacido y la posibilidad de que
aparezcan enfermedades en la madre. De forma periódica, antes
del parto, se llevan a cabo pruebas de sangre que detectan anomalías
en la hemoglobina en las mujeres cuyo origen étnico o cuya historia
familiar indica que tienen más probabilidades de presentar estas
anomalías. Para detectar anomalías en la hemoglobina del
feto puede realizarse un estudio de las vellosidades coriónicas
o una amniocentesis.
Las mujeres que padecen drepanocitosis, una anomalía
de la hemoglobina muy frecuente, son especialmente propensas a desarrollar
infecciones durante el embarazo. La neumonía, las infecciones
de las vías urinarias y las infecciones del útero son
las más frecuentes. Alrededor de un tercio de las mujeres gestantes
con drepanocitosis desarrolla hiperetensión durante el embarazo.
La crisis drepanocítica (un repentino y grave episodio de dolor
con un empeoramiento de la anemia) es una situación bastante
frecuente en esta enfermedad. También pueden producirse una insuficiencia
cardíaca y lesiones pulmonares provocadas por pequeños
coágulos en los vasos sanguíneos (embolia pulmonar), con
riesgo de muerte. Cuanto más grave sea la enfermedad antes del
embarazo, mayor es el riesgo de enfermar o de fallecer durante el embarazo.
La realización de transfusiones de sangre
regularmente para mantener los valores de hemoglobina, así como
la utilización de otros tratamientos reducen el riesgo de complicaciones.
Enfermedad renal
Una mujer aquejada de una enfermedad de los riñones
grave antes de quedar embarazada tiene pocas probabilidades de llevar
un embarazo a término. Sin embargo, algunas mujeres que se someten
a diálisis con regularidad debido a una insuficiencia renal y
muchas de las que han recibido trasplantes de riñón han
dado a luz a recién nacidos sanos.
Las mujeres embarazadas que padecen un trastorno
hepático suelen necesitar atención de un especialista
en riñón (nefrólogo) así como de un obstetra.
Se llevan a cabo controles sistemáticos de la función
renal, la presión arterial y el peso. Se restringe el consumo
de sal. La administración de diuréticos ayuda a controlar
la presión arterial y la excesiva retención de agua (edema).
Debido a que puede ser necesario provocar el parto anticipadamente para
salvar la vida del feto, después de la semana 28 de embarazo
se hospitaliza a la mujer y, en general, se practica una cesárea.
Enfermedad infecciosa
Las infecciones de las vías urinarias son
frecuentes durante el embarazo, probablemente porque el crecimiento
uterino comprime los tubos que conectan los riñones a la vejiga
(uréteres) y se retarda el flujo de orina. A consecuencia de
este retraso, es probable que las bacterias no sean arrastradas hacia
fuera de las vías urinaias y aumentan las probabilidades de infección.
Estas infecciones aumentan el riesgo de un parto precoz y de una rotura
prematura de las membranas que rodean al feto. A veces una infección
en la vejiga o en los uréteres asciende hacia arriba y llega
al riñón, donde causa una infección. El tratamiento
consiste en la administración de antibióticos.
Algunas enfermedades infecciosas pueden dañar
al feto. La rubéola, una infección vírica muy conocida,
es una de las principales causas de anomalías congénitas,
sobre todo del corazón y del oído interno. La infección
por citomegalovirus puede atravesar la placenta y afectar al hígado
del feto. Así mismo, la toxoplasmosis, una infección causada
por un protozoo, puede afectar al cerebro del feto y lesionarlo. Las
mujeres embarazadas deberían evitar el contacto con los gatos
y sus heces, que pueden transmitir toxoplasmosis, a menos que estos
animales estén estrictamente confinados al ámbito de la
casa y no tengan relación con otros de su misma especie. La hepatitis
infecciosa puede causar graves problemas durante el embarazo, especialmente
en mujeres desnutridas. El feto puede infectarse en la última
etapa del embarazo, lo que aumentará la posibilidad de que el
parto se adelante.
Las enfermedades de transmisión sexual pueden
causar problemas durante el embarazo. Por ejemplo, la infección
por clamidias puede provocar una rotura prematura de las membranas y
un parto prematuro.
La infección por el virus de la inmunodeficiencia
humana (VIH), que causa SIDA, es un importante problema en el embarazo.
Alrededor de una cuarta parte de las mujeres embarazadas que tienen
la infección la transmiten al feto. Debe instaurarse un tratamiento
con AZT (zidovudina) lo antes posible en el embarazo puesto que reduce
en dos tercios la transmisión del virus al feto. Si está
infectado, un recién nacido puede enfermar gravemente con rapidez
y por lo general muere debido a complicaciones del SIDA antes de los
dos años. El embarazo no parece acelerar el avance de la infección
por el VIH en la madre.
El herpes genital puede ser transmitido al recién
nacido durante un parto vaginal. Si además este recién
nacido está infectado por el VIH, puede desarrollar una infección
cerebral por herpes muy peligrosa para su vida (encefalitis herpética).
Si una mujer presenta lesiones cutáneas herpéticas en
una fase avanzada del embarazo, su médico generalmente recomienda
un parto por cesárea para evitar la transmisión del virus
al recién nacido.
Diabetes
La diabetes es un trastorno en el que los valores
de azúcar en sangre (glucosa) son anormalmente altos.
Muchos de los cambios que tienen lugar durante la
gestación hacen más difícil el control del azúcar
en la sangre en la mujer diabética. Los cambios en los valores
y tipos de hormonas pueden causar resistencia a la insulina, lo que
incrementa los requerimientos corporales de esta última y, en
consecuencia, en algunas mujeres esto puede ocasionar una diabetes.
La diabetes que comienza o se hace evidente por
primera vez durante la gestación (diabetes gestacional) se produce
en el 1 al 3 por ciento de todos los embarazos. Es mucho más
frecuente entre ciertos grupos étnicos (sobre todo indios norteamericanos,
habitantes de las islas del Pacífico y mujeres de ascendencia
mexicana, india y asiática) así como entre las mujeres
obesas. A las gestantes se les realizan análisis sistemáticos
para detectar diabetes gestacional. Después del embarazo, este
tipo de diabetes suele desaparecer.
Una diabetes mal controlada puede poner en peligro
al feto y la madre. Con un buen control, sin embargo, los riesgos no
son mayores que los que tienen las gestantes no diabéticas. Durante
el embarazo, la mujer que tiene diabetes recibe insulina por inyección
en lugar de tomar fármacos hipoglucemiantes orales, que pueden
resultar tóxicos para el feto. A la mayoría de las mujeres
se les enseña a usar los dispositivos para comprobar y controlar
los niveles de azúcar en la sangre y ajustar, en función
de los mismos, las dosis de insulina durante el embarazo.
La diabetes incrementa el riesgo que tiene la mujer
embarazada de contraer una infección, de tener un parto anticipado
y de presentar hipertensión a causa del embarazo. El tratamiento
de estos trastornos es el mismo que se utiliza para cualquier gestante.
Si se controla la hipertensión, la gestación no empeora
la enfermedad renal causada por la diabetes y las complicaciones renales
durante el embarazo son poco frecuentes.
El hijo de una mujer diabética puede ser
mayor de lo normal en el momento de nacer, incluso aunque haya mantenido
los valores del azúcar en sangre en los límites normales
o casi normales durante el embarazo. El riesgo de anomalías congénitas
es dos veces más alto en los hijos de mujeres que tienen diabetes.
También son más frecuentes cuando el control de la diabetes
no es el adecuado durante el período en el que se están
formando los órganos del feto, particularmente entre la sexta
y la séptima semanas de embarazo. A las 16 a 18 semanas de gestacion,
se miden los niveles de alfafetoproteína, una proteína
producida por el feto, en una muestra de sangre de la madre. Valores
altos de alfafetoproteína sugieren un desarrollo incompleto de
la columna vertebral y de la médula espinal (espina bífida),
mientras que niveles bajos sugieren síndrome de Down. Por último,
a las 20 o 22 semanas de embarazo se realiza una ecografía para
detectar otras anomalías congénitas.
Durante los 3 últimos meses de embarazo,
la atención se centra en controlar el bienestar fetal y comprobar
el desarrollo de los pulmones del feto, así como en el control
de los niveles de azúcar en la madre.
La mayoría de las mujeres que tienen diabetes
puede tener partos vaginales. Sin embargo, si la atención médica
fue inadecuada o el control de su diabetes insuficiente durante el principio
del embarazo, no es recomendable esperar un parto vaginal. En estos
casos, puede realizarse una amniocentesis para controlar la madurez
pulmonar fetal (que indica si el feto puede sobrevivir al parto) con
el fin de saber si el bebé podrá sobrevivir mediante cesárea
antes de finalizar el embarazo. También se puede recurrir a la
cesárea si el feto es demasiado grande para salir por el canal
vaginal o si surgen otras dificultades durante el parto.
Un embarazo prolongado es particularmente perjudicial
para el feto de una madre diabética. Normalmente el parto tiene
lugar a las 40 semanas o antes de este período; si no es así,
hacia las 40 semanas se suele provocar el parto rompiendo las membranas
y administrando oxitocina por vía intravenosa, o bien mediante
una cesárea. El feto puede morir antes de nacer si la gestación
se prolonga más de allá de las 42 semanas.
Inmediatamente después del parto, muchas
mujeres que tienen diabetes no necesitan insulina. En las que tenían
diabetes antes del embarazo, las necesidades de insulina decrecen notablemente
después del parto, para volver a aumentar de forma gradual al
cabo de 72 horas. En caso de diabetes gestacional, se efectúa
un control después del parto para determinar si la diabetes todavía
persiste o bien si ha desaparecido.
Los hijos de madres con diabetes necesitan una valoración
y un control cuidadosos después de nacer, ya que tienen un riesgo
más elevado de desarrollar dificultades respiratorias, bajos
niveles de azúcar (hipoglucemia) y de calcio (hipocalcemia) en
la sangre, ictericia y un aumento del número de glóbulos
rojos. Estos problemas son transitorios y existen tratamientos adecuados
para los mismos.
Enfermedades de la glándula tiroides
Los problemas tiroideos son frecuentes durante el
embarazo. Los niveles altos de hormona tiroidea durante la gestación
suelen ser causados por una enfermedad de Graves o una tiroiditis. La
enfermedad de Graves está causada por anticuerpos que estimulan
a la glándula tiroides a producir una cantidad excesiva de hormona
tiroidea. Estos anticuerpos pueden atravesar la placenta y aumentar
la actividad del tiroides en el feto, causando un incremento de latidos
por minuto, y un retraso en su crecimiento. En ciertos casos, la enfermedad
de Graves produce anticuerpos que bloquean la producción de hormona
tiroidea. Estos anticuerpos pueden atravesar la placenta y evitar que
la glándula tiroides fetal produzca cantidades apropiadas de
hormona tiroidea (hipotiroidismo), lo que puede causar una forma de
retraso mental denominado cretinismo.
El tratamiento de la enfermedad de Graves puede
ser muy diverso. En general, la mujer toma la menor dosis posible de
propiltiouracilo. Es necesario un control cuidadoso de la madre, porque
este fármaco atraviesa la placenta y puede alterar la producción
de cantidades adecuadas de hormona tiroidea en el feto. A menudo, la
enfermedad de Graves mejora durante los 3 últimos meses de embarazo,
por lo que la dosis de propiltiouracilo puede reducirse o incluso suspenderse.
Otra opción es extirpar la glándula tiroides de la madre
(tiroidectomía) durante el segundo trimestre (del cuarto al sexto
mes de embarazo). La mujer debe comenzar a tomar hormona tiroidea 24
horas después de la intervención quirúrgica y seguir
tomándola durante el resto de su vida. Esta hormona simplemente
sustituye la hormona que produce la glándula tiroides en condiciones
normales y, en consecuencia, no causa problemas al feto.
La tiroiditis, una inflamación de la glándula
tiroides, produce una hinchazón dolorosa de la parte anterior
del cuello. Durante el embarazo, un incremento transitorio en los niveles
de la hormona tiroidea provoca síntomas también transitorios
que habitualmente desaparecen sin necesidad de tratamiento. En las primeras
semanas después del parto, puede desarrollarse de forma súbita
una variedad indolora de tiroiditis con un aumento durante un período
determinado en la producción de hormona tiroidea. Este trastorno
puede persistir o empeorar, en ocasiones con episodios breves y recurrentes
de un aumento en la producción de esta hormona.
Las dos causas más frecuentes por las que
se producen niveles bajos de hormona tiroidea durante el embarazo son
la tiroiditis de Hashimoto, causada por anticuerpos que bloquean la
producción de hormona tiroidea, y el tratamiento previo para
la enfermedad de Graves. A menudo, la tiroiditis de Hashimoto adopta
formas menos graves durante la gestación. Una mujer que tiene
niveles bajos de hormona tiroidea debe realizar un tratamiento sustitutivo
con comprimidos de esta hormona. Al cabo de varias semanas, se realizan
análisis de sangre para medir los niveles y ajustar la dosis
si es necesario. A medida que continúa el embarazo, puede que
deban realizarse pequeños ajustes de la dosis.
En un 4 a un 7 por ciento de las mujeres, la glándula
tiroides funciona mal durante los seis primeros meses después
del parto. Aquellas otras con una historia familiar de enfermedad de
tiroides, o de diabetes, o con un trastorno tiroideo preexistente, como
un tiroides de tamaño mayor del normal (bocio) o una tiroiditis
de Hashimoto, tienen una mayor susceptibilidad. Los niveles bajos o
altos de hormona tiroidea después del embarazo suelen ser transitorios
pero pueden necesitar tratamiento.
Enfermedades del hígado
Las mujeres con hepatitis crónica activa,
y en especial aquellas con cirrosis (lesión hepática con
cicatrización), suelen tener dificultades para quedarse embarazadas.
Las que lo consiguen, es probable que tengan un aborto o un parto prematuro.
El embarazo puede empeorar transitoriamente el bloqueo
del flujo de bilis en la cirrosis biliar primaria (cicatrización
de los conductos biliares) y a veces produce ictericia u orina de color
oscuro, si bien estos efectos desaparecen después del parto.
En las mujeres que padecen cirrosis, el embarazo incrementa ligeramente
la probabilidad de sufrir una hemorragia masiva por la rotura de las
venas varicosas que rodean el esófago, sobre todo durante el
último trimestre de la gestación.
Asma
La gestación afecta a las mujeres con asma
de forma diferente, a pesar de que es mucho más probable que
la enfermedad empeore en lugar de mejorar. De forma similar, el asma
puede tener varios efectos sobre el embarazo, ya que puede retrasar
el crecimiento del feto o desencadenar un parto prematuro.
El tratamiento del asma durante la gestación
depende de la gravedad y duración de los ataques. En los episodios
leves, se administra un broncodilatador inhalado, como el isoproterenol,
que dilata las vías aéreas de los pulmones. Sin embargo,
las mujeres embarazadas no deben usar estos fármacos en exceso.
En caso de crisis más graves, se administra el broncodilatador
aminofilina por vía intravenosa. Las crisis asmáticas
muy graves (estado asmático) se tratan con corticosteroides inyectables
por vena. Si aparece una infección, se administran antibióticos.
Después de una crisis, la mujer puede tomar teofilina de acción
prolongada (un broncodilatador) en forma de comprimidos para evitar
nuevos episodios. Los broncodilatadores y los corticosteroides se han
venido usando durante el embarazo sin que hayan causado grandes problemas.
Lupus eritematoso sistémico
El lupus eritematoso sistémico (lupus), una
enfermedad autoinmune que es nueve veces más frecuente en las
mujeres que en los hombres, puede aparecer por primera vez durante el
embarazo, aunque también puede empeorar o mejorar durante el
mismo. No se puede predecir de qué forma el embarazo afectará
al curso del lupus, pero el momento más probable para que aparezcan
los síntomas es inmediatamente después del parto.
Las mujeres que desarrollan lupus suelen tener una
historia de abortos recurrentes, muerte fetal a mitad del embarazo,
fetos con escaso crecimiento (retraso del crecimiento intrauterino)
y partos prematuros. Un feto o un recién nacido pueden correr
peligro debido a las complicaciones del lupus de la madre, como una
lesión renal, hipertensión o anomalías cardíacas.
Los anticuerpos que producen trastornos en la madre
pueden atravesar la placenta y retardar la frecuencia cardíaca,
producir anemia, bajo recuento plaquetario o bajo recuento de glóbulos
blancos (leucocitos) en el feto. Sin embargo, estos anticuerpos desaparecen
de forma gradual varias semanas después del parto, por lo que
se resolverán los problemas que causaron.
Artritis reumatoide
La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune
que afecta a la mujer más del doble de veces que al varón.
Suele mejorar durante el embarazo, quizá porque los niveles de
hidrocortisona en la sangre aumentan durante la gestación. Esta
enfermedad no tiene efectos adversos para el feto, pero pueden surgir
complicaciones en el parto si la artritis ha afectado a la articulación
coxofemoral o a la parte inferior de la columna (zona lumbar).
Miastenia grave
La miastenia grave, una enfermedad autoinmune que
causa debilidad muscular, es más frecuente entre las mujeres
que entre los varones. Durante el parto, la mujer que padezca este trastorno
puede necesitar ayuda para respirar (ventilación asistida). Debido
a que los anticuerpos que causan esta enfermedad atraviesan la placenta,
el 20 por ciento de los hijos de estas madres tiene miastenia grave
al nacer. Sin embargo, como los anticuerpos maternos desaparecen gradualmente
y el recién nacido no produce anticuerpos de este tipo, la debilidad
muscular es sólo temporal.
Púrpura trombocitopénica idiopática
La púrpura trombocitopénica idiopática
es una enfermedad autoinmune que se caracteriza por una reducción
gradual del número de plaquetas en la sangre, probablemente porque
ciertos anticuerpos anormales las destruyen. El resultado es un aumento
de la tendencia a las hemorragias. Esta enfermedad es tres veces más
frecuente en las mujeres que en los varones. Si no se trata durante
el embarazo, la enfermedad tiende a ser más grave. Los anticuerpos
pueden pasar al feto y reducir las plaquetas de éste hasta niveles
peligrosamente bajos antes y justo después del parto. Si es así,
durante el parto pueden producirse hemorragias que den lugar a lesiones
o la muerte, en particular si la hemorragia se produce en el cerebro.
El análisis de una pequeña cantidad de sangre tomada del
cordón umbilical permite determinar la presencia de anticuerpos
y detectar niveles bajos de plaquetas en el feto. Si los anticuerpos
han llegado hasta el feto puede realizarse una cesárea para evitar
problemas durante el parto, tales como una hemorragia cerebral en el
recién nacido. Los anticuerpos desaparecen al cabo del vigésimo
primer día, y entonces la sangre del recién nacido vuelve
a coagular normalmente.
Los corticosteroides mejoran la coagulación
de la sangre en las mujeres embarazadas que tienen esta enfermedad,
pero dicha mejoría sólo es permanente en el cincuenta
por ciento de los casos. Pueden administrarse altas dosis de gammaglobulina
por vía intravenosa para mejorar temporalmente la coagulación
de la sangre y, en consecuencia, provocar el parto sin correr ningún
riesgo para que la mujer pueda dar a luz por vía vaginal sin
que se presente una hemorragia incontrolada. Las transfusiones de plaquetas
están indicadas sólo cuando es necesario un parto por
cesárea para proteger al recién nacido y cuando el número
de plaquetas de la madre es tan bajo que existe peligro de una hemorragia
grave. En aquellos raros casos en los que el número de plaquetas
siga siendo peligrosamente bajo a pesar del tratamiento, se extirpa
el bazo de la mujer, que es donde las plaquetas quedan atrapadas y son
destruidas. El mejor momento para practicar esta intervención
quirúrgica es a mitad del embarazo. La extirpación del
bazo mejora la coagulación de la sangre a largo plazo en alrededor
del 80 por ciento de los pacientes con púrpura trombocitopénica
idiopátcia e inmune.
Cirugía durante el embarazo
La mayoría de los trastornos que necesitan
cirugía durante la gestación son problemas abdominales.
El embarazo puede dificultar el diagnóstico y complicar cualquier
procedimiento quirúrgico. Puesto que la cirugía puede
provocar un aborto, en especial al comienzo del embarazo, cualquier
intervención no urgente suele postergarse todo lo posible siempre
y cuando la salud de la madre no esté en peligro.
La apendicitis puede causar un dolor como calambres
similar a las contracciones uterinas. Un análisis de sangre puede
detectar una subida de los glóbulos blancos (leucocitos), pero
debido a que el número de estas células normalmente también
aumenta durante el embarazo, esta prueba es poco fiable para diagnosticar
apendicitis en una mujer embarazada. Además, a medida que avanza
la gestación, el apéndice es empujado hacia la parte superior
del abdomen, por lo que un dolor en el cuadrante inferior derecho durante
el embarazo, punto en que se suele localizar el dolor de la apendicitis,
no indica necesariamente que se trate de esta enfermedad. Si en efecto
parece que se trata de una apendicitis, se practica una intervención
quirúrgica para exirpar el apéndice (apendicectomía)
de forma inmediata, ya que la rotura del apéndice durante el
embarazo puede ser mortal. No es probable que una apendicectomía
cause lesiones al feto o que provoque un aborto.
Por otro lado, durante el embarazo pueden desarrollarse
quistes ováricos y causar calambres dolorosos. La ecografía
detecta los quistes ováricos con gran seguridad y precisión.
A menos que un quiste sea claramente canceroso, la cirugía suele
posponerse hasta después de la duodécima semana de embarazo,
debido a que el quiste puede estar secretando hormonas asociadas que
ayudan a mantener el embarazo y a menudo desaparece de forma espontánea.
Sin embargo, si el quiste o la masa sigue creciendo o es doloroso a
la palpación, o bien la causa subyacente es un cáncer
o un absceso, puede que deba practicarse una intervención quirúrgica
incluso antes de la duodécima semana.
Los trastornos de la vesícula biliar se producen
ocasionalmente durante el embarazo. A la mujer embarazada se le practican
revisiones frecuentes para controlar el proceso. Sin embargo, si la
enfermedad no mejora, la cirugía puede ser necesaria.
La obstrucción intestinal puede ser un trastorno
muy grave durante el embarazo. Si se desarrolla gangrena intestinal
y peritonitis (inflamación del revestimiento de la cavidad abdominal),
la vida de la mujer corre peligro y además puede sufrir un aborto.
Por lo general, cuando una mujer gestante presenta síntomas de
obstrucción intestinal, habitualmente se realiza una exploración
quirúrgica, sobre todo si tiene antecedentes de haber sido sometida
a una intervención quirúrgica abdominal o de haber tenido
una infección abdominal previa.