SECCION 24 >
ACCIDENTES Y LESIONES
CAPITULO 282
Mal de montaña
El mal de montaña (enfermedad de las
alturas) es un trastorno causado por la falta de oxígeno en las
grandes alturas; adopta diversas formas, primero una dominante y luego
otra.
A medida que aumenta la altitud, la presión
atmosférica baja y el aire, menos denso, cuenta con menos oxígeno.
Esta disminución en la cantidad de oxígeno afecta al cuerpo
de varias maneras: aumentan el ritmo y la profundidad de la respiración,
alterando el equilibrio entre los gases pulmonares y la sangre, incrementa
la alcalinidad de la sangre y distorsiona la distribución de
sales como el potasio y el sodio dentro de las células. Como
resultado, el agua se distribuye de forma diferente entre la sangre
y los tejidos. Estos cambios son la causa principal del mal de montaña.
A grandes alturas, la sangre contiene menos oxígeno, provocando
una coloración azulada en la piel, los labios y las uñas
(cianosis). En pocas semanas, el cuerpo responde produciendo más
glóbulos rojos con el fin de transportar más oxígeno
a los tejidos.
Los efectos de la altitud dependen de la altura
y la velocidad de ascenso. Los efectos son menores a una altura inferior
de 2 200 metros, pero resultan más evidentes y frecuentes por
encima de los 2 800 metros tras un ascenso rápido. La mayoría
de las personas se adaptan (se aclimatan) a las alturas de hasta 3 000
metros en cuestión de pocos días, pero aclimatarse a alturas
mucho más elevadas requiere muchos días o incluso semanas.
Síntomas
El mal de montaña agudo afecta a muchas personas
que habitan en regiones situadas a nivel del mar y que ascienden a una
altitud moderada (2 400 metros) en 1 o 2 días. Ello hace que
noten ahogo, que aumente su ritmo cardíaco y se fatiguen fácilmente.
Alrededor del 20 por ciento sufre dolor de cabeza, náuseas o
vómitos y padece insomnio. El ejercicio físico agotador
empeora los síntomas. La mayoría de las personas mejora
a los pocos días. Este trastorno benigno, que no pasa de ser
una simple sensación desagradable, es más común
entre los jóvenes que entre las personas de mayor edad.
El edema pulmonar de las alturas, una enfermedad
más grave en la que se acumula líquido en los pulmones,
puede ser el siguiente paso del mal de montaña agudo. El riesgo
de contraer edema pulmonar de las alturas es más alto entre quienes
viven a gran altitud, especialmente los niños, cuando vuelven
a su lugar de residencia tras pasar entre 7 y 10 días en zonas
situadas a nivel del mar. Las personas que han sufrido una afección
previa tienen más probabilidades de sufrir otra, e incluso una
leve infección respiratoria, como un resfriado, incrementa el
riesgo. El edema pulmonar de las alturas es mucho más frecuente
en los hombres que en las mujeres. Por lo general, se produce entre
24 y 96 horas después del ascenso y es muy raro que ocurra en
alturas por debajo de los 2 700 m.
El ahogo es más grave en el edema pulmonar
de las alturas que en el mal de montaña agudo; incluso el menor
esfuerzo produce una grave falta de aire. Es habitual que la víctima
padezca tos seca, provocándole un cosquilleo al principio para
que se ablande después y genere expectoración. La persona
puede expectorar gran cantidad de flemas, por lo general de color rosado,
e incluso con sangre. También es posible que tenga algo de fiebre.
El edema pulmonar de las alturas puede complicarse rápidamente
y, en pocas horas, pasar de ser una enfermedad moderada a una afección
posiblemente mortal.
El edema cerebral de las alturas (la forma más
grave del mal de montaña) comienza entre las 24 y las 96 horas
posteriores a la llegada a un lugar de gran altitud, o bien puede estar
precedido por el mal de montaña agudo o por el edema pulmonar
de las alturas. En el edema cerebral de las alturas se acumula líquido
en el cerebro. La dificultad para caminar (ataxia), posiblemente acompañada
por torpeza en los dedos o en los movimientos de las manos, es un primer
signo preocupante. Los dolores de cabeza son más intensos que
en el mal de montaña agudo. Más tarde comienzan las alucinaciones,
pero, por lo general, no se las reconoce como tales. Cuanto mayor es
la altitud, mayor es la pérdida del discernimiento y la percepción.
Los síntomas son similares a los efectos causados por las bebidas
alcohólicas. El edema cerebral de las alturas puede dejar de
ser una enfermedad leve para convertirse rápidamente en un trastorno
de carácter mortal. Ante la sospecha de un cuadro de edema cerebral,
la víctima debe ser trasladada de inmediato a una altitud inferior.
El edema de las alturas (inflamación de manos,
pies y, cara) suele afectar a los excursionistas, alpinistas y esquiadores.
En parte se debe a la alteración en la distribución de
sales que se produce en el cuerpo a grandes alturas, aunque la actividad
física extenuante produce cambios en la distribución de
sales y agua incluso en regiones situadas a nivel del mar.
La hemorragia retiniana (en la retina) de las alturas
(pequeños puntos de sangre localizados en la retina, la parte
posterior del ojo) puede producirse al llegar a alturas incluso moderadas.
Este trastorno muy raramente produce síntomas y suele desaparecer
espontáneamente, excepto en los casos poco habituales en los
que la hemorragia se produce en la parte del ojo responsable de la visión
central (la mácula). Estas personas notan un pequeño punto
ciego. En algunas raras ocasiones aparece visión borrosa en uno
o ambos ojos, o incluso ceguera; estos episodios son, aparentemente,
una forma de migraña y desaparecen poco después del descenso.
El mal de montaña subagudo es un trastorno
inusual que se ha producido en niños de padres chinos nacidos
en altitudes moderadas o trasladados hasta allí posteriormente,
y también en soldados destinados a altitudes de más de
6 000 m durante semanas o meses. Este trastorno se produce debido a
una insuficiencia cardíaca que da lugar a una gran acumulación
de líquido en los pulmones, el abdomen y las piernas. El descenso
a una altitud menor cura la enfermedad y es imprescindible para salvar
la vida de la víctima.
El mal de montaña crónico (enfermedad
de Monge) se desarrolla de forma gradual a lo largo de varios meses
o años en individuos que habitan a gran altura. Los síntomas
consisten en ahogo, letargo y diversos dolores y molestias. Es posible
que se formen coágulos de sangre en las piernas y en los pulmones
y que el corazón falle. El mal de montaña crónico
se produce cuando el cuerpo realiza una compensación excesiva
por la falta de oxígeno, produciendo demasiados glóbulos
rojos. La persona queda discapacitada y muere si no se la traslada a
una altitud menor.
Prevención
El mejor modo de evitar el mal de montaña
es ascendiendo lentamente, utilizando 2 días para llegar a los
2 500 m y un día más por cada 350 a 700 m adicionales.
Escalar al ritmo en que cada persona se encuentre a gusto es mejor que
seguir un programa estricto preestablecido. Pernoctar a medio camino
también contribuye a disminuir los riesgos. El buen estado físico
puede ayudar, pero no garantiza que la persona vaya a encontrarse bien
a grandes alturas. Se recomienda evitar la actividad física demasiado
intensa durante un día o dos después de llegar al lugar
de destino. Beber una cantidad adicional de líquidos y evitar
la sal o los alimentos salados puede resultar de gran ayuda, a pesar
de que la eficacia de estas medidas no ha sido comprobada. Deberían
tomarse precauciones si se bebe alcohol a gran altura. Una bebida de
este tipo consumida a grandes alturas parece tener el mismo efecto que
dos consumidas a nivel del mar. Además, los síntomas que
produce la ingesta de grandes cantidades de alcohol son similares a
algunas formas de mal de montaña.
Ingerir pequeñas dosis de acetazolamida o
dexametasona al comienzo del ascenso y durante algunos días después
de la llegada a destino minimiza los síntomas del mal de montaña
agudo. El médico puede recetar nifedipina a quienes hayan tenido
graves episodios de edema pulmonar de las alturas. El ibuprofeno es
mucho más eficaz que los demás fármacos a la hora
de aliviar los dolores de cabeza que producen las grandes alturas. Comer
frecuentemente pequeñas cantidades de alimentos ricos en hidratos
de carbono es mejor que ingerir platos abundantes tres veces al día.
Tratamiento
El mal de montaña agudo leve suele desaparecer
en uno o dos días, sin otro tratamiento que la ingesta de gran
cantidad de líquidos para reponer los que se han perdido al sudar
y respirar el aire seco.
El ibuprofeno y la ingesta de gran cantidad de líquidos
ayuda a aliviar los dolores de cabeza. Si la enfermedad es más
grave, suele ser beneficioso administrar acetazolamida, dexametasona
o ambas a la vez.
Como el edema pulmonar de las alturas puede poner
en peligro la vida, el afectado debería ser controlado exhaustivamente.
A menudo resulta beneficioso resposar en cama y recibir oxígeno,
pero si esto no es posible, la persona con este trastorno debería
ser trasladada a una altura inferior sin demora. La nifedipina es efectiva
de inmediato, pero sus efectos duran sólo unas pocas horas, y
por ello, la persona gravemente enferma no debería ser trasladada
de inmediato a una altitud inferior.
El edema cerebral de las alturas, que también
puede provocar la muerte, se trata con un corticosteroide como la dexametasona,
pero únicamente en los casos graves, mientras se prepara el traslado
del enfermo a una altitud menor.
Si el edema pulmonar o el edema cerebral de las
alturas empeora, cualquier retraso en el descenso puede conllevar la
muerte del afectado.
Después del descenso, las personas que presentan
cualquier forma de mal de montaña mejoran rápidamente.
Si no es así, entonces debería buscarse otra causa de
los síntomas.
Si no es factible el descenso inmediato, puede emplearse
un instrumento que aumenta la presión y simula un descenso de
varios cientos de metros con el fin de tratar a una persona gravemente
enferma. Este instrumento (una bolsa hiperbárica) está
formado por una bolsa o una tienda de tela muy ligera y una bomba que
se hace funcionar manualmente. La persona afectada debe ser colocada
dentro de dicha bolsa. A continuación ésta se cierra y
se aumenta la presión en su interior con ayuda de la bomba. La
persona debe permanecer en la bolsa entre 2 y 3 horas. Este procedimiento
es una buena medida temporal (tan beneficiosa como administrar oxígeno,
del que no se suele disponer cuando se escala una montaña).