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ACCIDENTES Y LESIONES
CAPITULO 284
Lesiones producidas por la inmersión
La inmersión en las profundidades marinas
o la que se realiza con un aparato de respiración subacuático
autónomo (escafandra) puede causar problemas médicos tales
como una embolia de aire (aeroembolia) y trastornos por descompresión,
los cuales pueden resultar mortales si no son tratados inmediatamente.
Estos problemas se producen debido a la alta presión que existe
bajo el agua y también pueden afectar a las personas que trabajan
en túneles o cajones neumáticos (cubículos cerrados
para realizar trabajos de construcción bajo el agua) en los que
se usa aire comprimido.
La alta presión bajo el agua se debe al peso
de ésta hasta la superficie, del mismo modo que la presión
barométrica (atmosférica) que afecta a la tierra es causada
por el peso del aire que se encuentra por encima. Bajo el agua, la presión
suele medirse en unidades de profundidad (pies o metros) o en atmósferas
absolutas. La presión en atmósferas absolutas incluye
el peso del agua, que a 10 metros es de 1 atmósfera, más
la presión atmosférica en la superficie, que es también
de 1 atmósfera. Por eso un buzo que se encuentra a una profundidad
de 10 metros está expuesto a una presión total de 2 atmósferas
absolutas o, lo que es lo mismo, dos veces la presión atmósferica
de la superficie. Con cada 10 metros adicionales de profundidad, la
presión aumenta 1 atmósfera.
Efectos de la alta presión
Simultáneamente al aumento de la presión
fuera del cuerpo, aumenta tambien la presión en la sangre y en
los tejidos corporales, pero no necesariamente en los espacios que contienen
aire, como los pulmones o las vías respiratorias. En las profundidades,
la presión en los pulmones y en las vías respiratorias
se iguala automáticamente con la del exterior cuando se cuenta
con un suministro de aire, como en el caso de una persona que se sumerge
con un casco o una escafandra.
Los espacios de aire existentes dentro de una máscara
facial o en el interior de unas gafas de buceo también están
sujetos a cambios de presión. La presión de las máscaras
se iguala gracias al aire que se expulsa por la nariz. Pero la presión
de las gafas simples no se iguala; la menor presión interna las
hace actuar como ventosas de succión aplicadas a los ojos. La
diferencia de presión provoca que los vasos sanguíneos
cercanos a la superficie de los ojos se dilaten, pierdan líquido
y, finalmente, revienten y pierdan sangre. Los buceadores toman precauciones
para evitar los efectos de semejantes diferencias de presión.
Dichas diferencias también afectan el oído
medio. Si el conducto que conecta el oído medio y la parte posterior
de la garganta (trompa de Eustaquio) no se abre normalmente (es decir,
si los oídos no crujen al bostezar o tragar ), la
presión en el oído medio resulta más baja que la
del oído externo. En estas circunstancias, el aumento de presión
sobre el tímpano, que separa el oído medio del externo,
hace que éste protruya hacia dentro y, si la presión aumenta
hasta cierto punto, se puede romper, provocar un gran dolor y pérdida
de la audición. La rotura del tímpano suele curarse pero,
a menudo, tras haberse producido una infección del oído
medio.
Si el tímpano se rompe cuando el buzo se
encuentra en aguas frías, la corriente que penetra en el oído
medio produce vértigo (un grave mareo con sensación de
estar girando), desorientación y náuseas. Como consecuencia
de ello pueden aparecer vómitos, con el consiguiente riesgo de
ahogamiento. El vértigo disminuye a medida que el agua que ha
entrado en el oído alcanza la temperatura corporal.
Las diferencias de presión en el oído
medio pueden afectar al oído interno (responsable de la audición
y del equilibrio). Esta presión desigual es la explicación
del por qué en ocasiones los buzos tienen vértigo (vértigo
alternobárico) cuando comienzan a ascender. En raras ocasiones
se produce una rotura entre el oído interno y el oído
medio, provocando una pérdida de fluido. Una rotura de estas
características puede necesitar reparación quirúrgica
inmediata para evitar efectos irreversibles.
El uso de tapones crea un espacio cerrado entre
éste y el tímpano en el que la presión no puede
igualarse. Por lo tanto, no deben usarse tapones al bucear.
Las diferencias de presión causan efectos
similares sobre los senos (sacos llenos de aire localizados en los huesos
que rodean la nariz) provocando dolor de cabeza y en la cara. Cuando
la congestión impide que la presión de los oídos
y los senos se iguale, pueden usarse los descongestivos para abrir temporalmente
los conductos nasales obstruidos, las trompas de Eustaquio y los senos.
Sin embargo, si se realizan varias inmersiones sin que puedan igualarse
las presiones, suele producirse algún tipo de lesión.
Compresión y expansión del aire
Los cambios de volumen del aire dentro del cuerpo
también pueden provocar problemas médicos. A medida que
aumenta la presión, el aire se comprime en un espacio menor (es
decir, disminuye su volumen). Por el contrario, cuando la presión
disminuye, el aire se expande (su volumen aumenta). Por ejemplo, cuando
la presión se duplica (como cuando se bucea desde la superficie
hasta una profundidad de 10 m), el volumen de aire se reduce a la mitad,
y cuando la presión se reduce a la mitad (como al ascender desde
una profundidad de 10 m), el volumen de aire se duplica. Por ello, si
un buzo llena sus pulmones con aire a una profundidad de 10 m y asciende
sin exhalar libremente, el volumen de aire se duplica, los pulmones
se expanden demasiado y puede producirse la muerte. Debido a ello, los
buzos que cuenten con un suministro de aire como, por ejemplo, una botella
de oxígeno no deben contener la respiración durante el
ascenso. El aire inhalado a cierta profundidad (incluso a la profundidad
de una piscina) debe ser exhalado libremente durante el ascenso. Debido
a que el aire se comprime cuanto mayor es la presión, cada inhalación
realizada en las profundidades contiene muchas más moléculas
que una hecha en la superficie. A 20 metros (3 atmósferas absolutas),
por ejemplo, cada inhalación contiene tres veces la cantidad
de moléculas que una inhalación hecha en la superficie
y, en consecuencia, una botella de oxígeno se vacía tres
veces más rápido. Por consiguiente, cuanto más
desciende el buzo, más rápidamente se termina su reserva
de aire.

Como el aire comprimido es más denso en las
profundidades (contiene más moléculas) que el aire de
la superficie, se necesita un mayor esfuerzo para que se desplace por
las vías respiratorias del buzo y por los tubos del equipo de
buceo. Por ello resulta más difícil respirar en las profundidades.
Algunas personas son incapaces de exhalar suficiente anhídrido
carbónico y ello hace que los niveles de éste aumenten
en la sangre (lo que puede provocar pérdidas transitorias de
la visión y de la consciencia).
Los equipos de buceo que permiten volver a respirar
varias veces el mismo aire mantienen el suministro de gas y permiten
que la persona permanezca más tiempo bajo el agua. Un ejemplo
de este tipo de equipos es un respirador de oxígeno de circuito
cerrado, que proporciona oxígeno fresco al buzo; el resto del
gas vuelve a inhalarse. La cantidad de oxígeno fresco que se
necesita es de sólo 1/20 del total de aire respirado y no aumenta
con la profundidad de la inmersión, por lo que, para la mayoría
de las inmersiones, es suficiente una menor cantidad de gas. Una desventaja
de los dispositivos de reinhalación es que la cantidad de anhídrido
carbónico que libera el buzo, que es casi igual a su consumo
de oxígeno, debe ser absorbido mediante compuestos químicos.
Si no se produce su absorción o ésta resulta insuficiente,
aumenta la concentración de anhídrido carbónico
del gas reinhalado. Un buzo que no se dé cuenta de ello (por
ejemplo, por un aumento de su respiración o bien porque le falte
el aire) puede perder la consciencia.
Los valores anormalmente altos de anhídrido
carbónico (intoxicación por anhídrido carbónico)
pueden causar pérdidas transitorias de la visión y de
la consciencia. Algunas personas presentan una acumulación de
anhídrido carbónico porque no aumentan su frecuencia respiratoria
adecuadamente durante el esfuerzo físico. Las altas concentraciones
de anhídrido carbónico aumentan la posibilidad de que
se produzcan convulsiones secundarias a la toxicidad del oxígeno
e incrementan la gravedad de la narcosis del nitrógeno. Los buzos
que con frecuencia padecen dolores de cabeza después de una inmersión
o que se enorgullecen de utilizar poco aire pueden estar reteniendo
anhídrido carbónico.
La inmersión puede complicarse debido a la
falta de visibilidad, las corrientes de agua que requieren un gran esfuerzo
físico y el frío. En el agua rápidamente puede
producirse hipotermia (descenso de la temperatura corporal), lo que
provoca torpeza y falta de discernimiento. El agua fría puede
alterar el ritmo cardíaco mortalmente en las personas susceptibles.
La intoxicación por anhídrido carbónico debido
al aire contaminado puede causar incapacidad e incluso la muerte. Los
síntomas de dicha intoxicación son náuseas, dolor
de cabeza, debilidad, torpeza y alucinaciones. Los medicamentos, así
como el abuso del alcohol u otras drogas, también pueden tener
efectos imprevistos en las profundidades.
Embolia de aire
La embolia de gas (aeroembolia) es la obstrucción
de los vasos sanguíneos causada por la presencia de burbujas
en el flujo sanguíneo, generalmente producidas por la expansión
del aire retenido en los pulmones del buzo mientras disminuye la presión
durante un ascenso.
En la aeroembolia, el aire retenido en los pulmones
se expande y los hincha en exceso, produciéndose un paso de aire
hacia el flujo sanguíneo en forma de burbujas. Si éstas
obstruyen los vasos sanguíneos del cerebro, ocasionan daños
similares a los que produce un ataque cerebral grave, como una trombosis
o una hemorragia. La aeroembolia es una emergencia grave y una causa
de muerte muy habitual entre los submarinistas.
La causa más frecuente de aeroembolia se
produce al contener la respiración durante un ascenso con botellas,
lo cual casi siempre es consecuencia de que se ha agotado el aire en
las profundidades. A causa del pánico, el buzo puede olvidarse
de exhalar libremente a medida que se expande el aire de sus pulmones
mientras asciende. La aeroembolia puede producirse incluso en una piscina
si la persona cuenta con una fuente externa de aire, inhala bajo el
agua y no exhala al subir a la superficie.
Síntomas
El síntoma más típico es la
repentina pérdida de la consciencia, con o sin convulsiones.
A veces se producen síntomas menos graves, que pueden ir desde
una confusión o una agitación hasta una parálisis
parcial.
Si los pulmones se inflan en exceso también
puede suceder que el aire de su interior llegue a los tejidos que rodean
el corazón (enfisema mediastínico) o incluso bajo la piel
(enfisema subcutáneo). En ocasiones, los pulmones excesivamente
cargados revientan, y liberan aire al espacio que separa a los pulmones
de la pared torácica (neumotórax). En consecuencia, los
pulmones se colapsan, produciendo ahogo y dolor de pecho. Los síntomas
que indican que se ha producido una lesión pulmonar pueden ser
la expectoración de sangre o la salida de espuma sanguinolenta
por la boca
Tratamiento de urgencia
El buzo que pierde la consciencia durante un ascenso
o muy poco después del mismo probablemente padece aeroembolia
y debe recibir tratamiento inmediato. Una víctima de aeroembolia
debe regresar rápidamente a un ambiente con alta presión,
para que las burbujas se compriman y se disuelvan en la sangre. Algunos
centros médicos cuentan con cámaras de alta presión
(cámaras de recompresión o hiperbáricas) para este
propósito. La persona debe ser transportada hasta la cámara
lo más rápido posible mientras se le suministra oxígeno
a través de una mascarilla facial bien ajustada. Volar, aunque
sea a baja altura, reduce la presión atmosférica y permite
que las burbujas se expandan, pero el transporte aéreo sólo
se justifica si con él se gana suficiente tiempo en el traslado
de la víctima a una cámara adecuada.
Enfermedad por descompresión
La enfermedad por descompresión (mal de la
descompresión, aeroembolia, parálisis de los buzos) ocurre
cuando los gases disueltos en la sangre y los tejidos forman burbujas
que obstruyen el paso de la sangre produciendo dolor u otros síntomas.
Pueden formarse burbujas cuando una persona se mueve
desde un ambiente de alta presión a uno de baja presión,
lo cual sucede al ascender de una inmersión.
Causas y prevención
Un buzo, o una persona que trabaja en un ambiente
con aire comprimido, cuando respira, recibe grandes cantidades de oxígeno,
de nitrógeno y de otros gases. Como el oxígeno es continuamente
utilizado por el cuerpo, por lo general, no se acumula. Sin embargo,
el nitrógeno y otros gases se disuelven en la sangre y los tejidos
y sí se acumulan. El único modo de que sean eliminados
del cuerpo es por los pulmones, adonde llegan a través del flujo
sanguíneo (es decir, por el camino contrario al utilizado para
entrar) y este proceso lleva tiempo. A medida que disminuye la presión
exterior, lo cual sucede durante un ascenso tras una inmersión,
la presión en la sangre puede no ser suficiente para mantener
disueltos los gases y por ello, se forman burbujas.

El buzo puede evitar la formación de burbujas
restringiendo la cantidad total de gas que absorbe el cuerpo. Dicha
cantidad puede reducirse limitando la profundidad y la duración
de las inmersiones hasta un punto en el que no sea necesario hacer paradas
de descompresión durante el ascenso (una modalidad que los buzos
llaman límites sin paradas), o bien ascendiendo con paradas de
descompresión tal como se especifica en textos autorizados. En
estos textos se detalla un patrón de ascenso que, por lo general,
permite que el exceso de nitrógeno sea eliminado sin causar daño
alguno.
La enfermedad por descompresión raramente
se produce cuando los buzos realizan una inmersión con límites
sin paradas o respetan exactamente una tabla de descompresión.
Sin embargo, la percepción que tiene un buzo en cuanto a la profundidad,
la duración y el tiempo de descompresión de una inmersión
no es demasiado precisa. Muchos buzos creen erróneamente que
las tablas de inmersión gozan de márgenes de seguridad
y no las respetan con la precisión que deberían. Las nuevas
guías referidas a la velocidad de ascenso, los límites
sin paradas, las tablas y los ordenadores que llevan los buzos para
calcular la descompresión tienen un margen de seguridad mucho
mayor, pero también pueden ser mal utilizados. Como la seguridad
de la mayoría de las tablas y de los ordenadores que calculan
la descompresión no ha sido totalmente comprobada en mujeres
o en buzos de edad avanzada, estas personas deberían ulitizarlos
con gran precaución. Además de seguir las instrucciones
de ascenso que proporciona una tabla o un ordenador, muchos buzos hacen
una parada de seguridad de pocos minutos a 4,5 metros antes de llegar
a la superficie.
Una sucesión de inmersiones puede producir
la enfermedad por descompresión. Debido a que después
de cada inmersión queda un exceso de gas en el cuerpo, esa cantidad
aumenta con cada nueva inmersión. Si el intervalo entre las inmersiones
es menor a 12 horas, los buzos deberían seguir las instrucciones
de las tablas para inmersiones continuadas de los textos autorizados
con el fin de controlar el exceso de gas.
Si se bucea en lugares situados a gran altitud,
se deben tomar precauciones especiales, sobre todo si es preciso volar
después. Por ejemplo, tras varios días de inmersiones,
se suele recomendar pasar 24 horas en un lugar situado a nivel del mar
antes de emprender un viaje aéreo o ascender más.
Síntomas
El síntoma más común es el
dolor, que suele recibir el nombre de parálisis de los
buzos. Habitualmente se produce en una articulación del
brazo o de la pierna, o cerca de ella, aunque por lo general resulta
difícil determinarlo. El dolor también resulta difícil
de describir (en ocasiones se dice que es profundo o que
da la sensación de que algo está perforando el hueso).
En otros casos, el dolor es agudo y su localización precisa.
Al principio puede ser leve o intermitente, pero poco a poco puede empeorar
y volverse realmente intenso. En general, la zona dolorida no duele
al ser presionada, no está inflamada ni presenta dificultades
de movimiento.
Los síntomas neurológicos van desde
una confusión leve a un funcionamiento cerebral anormal. La médula
espinal es especialmente vulnerable, y síntomas aparentemente
menores, como debilidad u hormigueo en un brazo o una pierna, pueden
preceder a una parálisis irreversible, a menos que el proceso
se trate de inmediato con oxígeno y recompresión. El oído
interno puede resultar afectado, de tal forma que la persona experimenta
un intenso vértigo.
Síntomas menos frecuentes son picores, erupción
cutánea y fatiga aguda. La aparición de manchas (marmoración)
en la piel, un síntoma en general muy poco frecuente, puede preceder
o acompañar a graves trastornos que requieren recompresión.
El dolor abdominal puede deberse a la formación de burbujas en
el abdomen, pero el dolor que envuelve al cuerpo a modo de un cinturón
(dolor de cintura) puede indicar una lesión en la médula
espinal.
Los efectos tardíos del mal de la descompresión
incluyen destrucción de tejido óseo (osteonecrosis disbárica,
necrosis ósea aséptica), especialmente en el hombro y
la cadera, provocando un persistente dolor y una grave discapacidad.
Estas lesiones son mucho más frecuentes entre quienes trabajan
en ambientes con aire comprimido que entre los buzos, probablemente
porque la exposición de aquéllos a altas presiones son
prolongadas y las aeroembolias que sufren no siempre reciben tratamiento.
Sólo una descompresión incorrecta puede producir estas
lesiones, que empeoran gradualmente con el paso de los meses y los años.
Cuando aparecen los síntomas, ya es tarde para tomar medidas
preventivas.
Los problemas neurológicos permanentes, como
una parálisis parcial, suelen deberse a un tratamiento postergado
o inadecuado de una afección de la médula ósea.
Sin embargo, en ciertos casos la lesión es tan grave que no puede
ser corregida, incluso con un tratamiento apropiado. Los tratamientos
reiterados con oxígeno en una cámara de alta presión
parecen ayudar a algunas personas a recuperarse de las lesiones medulares.
Una lesión de la médula ósea espinal causada por
descompresión tiene más posibilidades de recuperarse que
la misma lesión provocada por otros factores.
El mal de la descompresión respiratoria (sofocamiento)
es un trastorno poco frecuente pero sin embargo peligroso, causado por
una gran obstrucción de los vasos sanguíneos pulmonares
por la formación de burbujas. En algunos casos, este trastorno
se resuelve sin tratamiento, pero también puede empeorar rápidamente
hasta provocar un colapso circulatorio y la muerte, a menos que se realice
una recompresión de inmediato. Los primeros síntomas pueden
ser malestar en el pecho y tos al inspirar profundamente o al inhalar
humo de cigarrillo.
Tratamiento
Cuando se produce una descompresión es necesario
realizar una recompresión en una cámara de alta presión,
en la cual ésta se aumenta gradualmente con el fin de que las
burbujas formadas se compriman y se disuelvan. En consecuencia, se recupera
el flujo normal de sangre y el suministro de oxígeno a los tejidos
afectados. Después de la recompresión, la presión
se reduce gradualmente, con pausas preestablecidas, para dar tiempo
a que el exceso de gases abandone el organismo sin causar daño
alguno.
El traslado de la persona a una cámara adecuada
es prioritario frente a cualquier otra medida durante dicho traslado,
o que pueda posponerse sin que ello suponga un riesgo para su vida.
El transporte no debería demorarse aunque
los síntomas parezcan leves, porque pueden surgir problemas más
graves. Independientemente de la distancia a la que se encuentre la
cámara o el tiempo que se tarde en llegar a ella, la recompresión
resultará muy probablemente beneficiosa. Una recompresión
innecesaria supone menos riesgo que cualquier medida que pueda ponerse
en práctica con la esperanza de que el problema remita sin recurrir
a la recompresión. Durante el traslado se le debe administrar
oxígeno con una mascarilla bien ajustada, líquidos en
cantidad suficiente, registrando las entradas de los mismos, la cantidad
que se elimine, así como los signos vitales. Puede producirse
un shock, en especial en casos graves en los que el tratamiento se demora.
Cualquiera que sea el lugar donde realicen la inmersión,
tanto los buzos como las unidades de rescate y la policía de
las zonas de buceo más frecuentadas deberían saber dónde
se encuentra la cámara de recompresión más cercana,
conocer los medios para llegar a ella más rápidamente
y la fuente de consulta telefónica más apropiada.
Si no se presta atención inmediata ni se
trata adecuadamente la aeroembolia o el mal de descompresión,
se corre un alto riesgo de que la persona afectada sufra lesiones graves
y permanentes.
Los buzos que sólo experimentan picores,
erupción cutánea y gran fatiga, por lo general, no necesitan
recompresión, pero deberían permanecer bajo observación
por si aparecen síntomas más graves. Respirar oxígeno
a fondo con una mascarilla ajustada puede aliviar los síntomas.
Cuando el sofocamiento se produce a gran altitud,
el hecho de descender a una altitud menor no siempre resuelve el trastorno.
Puede ser necesario realizar una recompresión urgente en una
cámara de alta presión.